lunes 26 de julio de 2010

Festival Nuevas Bandas 2010

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La Fundación Nuevas Bandas, y el “movimiento venezolano”.


El sábado, Boston Rex (Reynaldo Goitía, vocalista de Los Tomates Fritos), se dirigió al público luego de tocar unas tres canciones, y dijo: “Nosotros, los de la vieja escuela, siempre decimos que todo tiempo pasado fue mejor, pero no es cierto. Hoy en día, hay un movimiento como no se veía en años, y las bandas que tienen dos o tres años de formadas, le patean el culo a cualquier banda establecida”.
Quisiéramos creer en el optimismo de Rex, pero… El rock nacional tiene más bandas y más espacios, cierto; pero al mismo tiempo, ésos espacios no son democráticos ni abiertos, y aunque haya más bandas, estas tienen un serio problema conceptual y musical.

Félix Allueva, el burócrata del rock nacional, es un personaje despreciable, autoritario, y muy poco abierto a la crítica. Si bien sería injusto no reconocer su esfuerzo y el trabajo llevado adelante en la fundación, él también es la prueba de que ese viejo adagio popular que reza que el poder pervierte, es una verdad contundente. A Félix le sale retiro, le sale hacerse a un lado, darle espacio a otras caras y a la definitiva democratización de la Fundación Nuevas Bandas (FNB).

Fui con la esperanza de ver una renovación, esperando que los veinte años del festival, le hubieran servido a esta gente para darse un refrescamiento, para cambiar. Pero nada.

De hecho, hay una ironía en todo esto: el domingo, a manera de cierre, fue proyectado un video que resumía los veinte años de la FNB, del festival, y de sus eventos derivados (el Alma Mater, el intercolegial, los Premios Venezuela Pop & Rock, los Miércoles Insólitos, el ciclo desenchufado, el Programa Rock en Ñ, etc.), y ese video, que pretendía llenarnos de optimismo y esperanza, terminó siendo de una contundencia pasmosa. El material dejaba constancia de algo, y creo que Félix Allueva y Ramón Castro (el insoportable animador del festival, y voz narradora del video) no se daban cuenta: la mayoría de las bandas que ganaron el festival, ya no existen. Se diluyeron pronto. Y lo peor, es que ellos mismos lo estaban proyectando. El “movimiento venezolano” es tan débil, que las bandas no duran ni cinco años.

No sé, creo que el video fue editado por un infiltrado. Tal vez los Fibonacci no fueron los únicos que planearon un acto de subversión cultural este fin de semana.

El video era triste: La Puta Eléctrica (1995), Agresión (1996), Lucky & los Astrolabios (1997), Los Oceánicos (2001), Master Gurú (2003) y Skin (2004), son un testimonio de lo inconstante del movimiento. Salvando a La Puta Eléctrica (sin discusión, una de las mejores bandas de los 90’s), el resto de los grupos se diluyó hasta casi desaparecer. Lo arrecho, es que lo estaban proyectando frente a todos, sin darse cuenta de que ese video bien podía ser un testimonio de las enormes carencias de la fundación y el festival.

Este año, además, el evento se vio inundado de politiquería barata. Tal como lo hiciera Leopoldo López hace dos años, Freddy Guevara (el concejal con ínfulas de rockstar) se subió a “entregar un reconocimiento al festival”. Y durante las dos jornadas vimos (soportamos) una grotesca cuña de Amnistía Internacional, que parecía producida por los mismos realizadores de 13 segundos. Y un video institucional de Emilio Graterón.

Primera Noche.

El sábado, a golpe de las cuatro de la tarde, arrancó la última edición del festival con White Offens, una banda que toca un rockcito en inglés. El bajista se detuvo un momento a agradecer el apoyo de sus padres (en serio).

Luego MicroCCS, que no es otra cosa que dos miembros de Los Humanoides, hicieron su performance, usando Gameboys, micrófonos Fishersprice, y Nintendos DS para sacar sonidos electrónicos. Luego, Los Humanoides se subieron a hacer lo suyo. Digamos que para la hora caían bien.

Posteriormente se subió Para Llevar, la primera banda participante. Y el nombre les caía como anillo al dedo. Son, en efecto, una banda para llevar: sin personalidad, sin fuerza, sin nada.

Llegaría el momento de escuchar la primera verdadera sorpresa del festival: Tequila and Caroline, cultores el screamo, se subieron para rockear durísimo. Siempre se ha criticado al festival por no darle espacio a las tendencias más oscuras, y por tanto menos comerciales, del metal. Si algo positivo se puede decir del FNB2010 es que, al menos este año, hubo varios representantes de esas tendencias. Tequila and Caroline tienen fuerza en tarima, y saben conectare con el público.

Lebronch seguiría después. Yo ya los había visto en Por el Medio de la Calle, y no me gustaron. Luego del sábado, siguen sin gustarme. Es una más de las tantas banditas de Reggae-ska-loquesea. Si acaso se puede decir que suenan acoplados. Son “chéveres”, como suele decir la gente cuando no hay nada que decir.

Apenas vi las naricitas de payaso de Chupi Lumpi, sabía que algo no estaba bien. Son una banda aburrida, y con su complejo de Amigos Invisibles creen estar haciendo algo nuevo. Ojalá fueran una verdadera sátira al rock, como prometían. Pero lejos de ser cultores del absurdo, son, en realidad, una banda absurda. Y eso no es lo mismo.
Iban por la tercera canción, cuando se empezaron a escuchar los gritos de “mira payá, won”. Fibonacci, montados en una grúa, pasaban frente a la Plaza La Castellana, tocando su música, y demostrando que la verdadera irreverencia no estaba en las naricitas de los que estaban en tarima, sino que se encontraba afuera del lugar.

Yo estaba pegado de la tarima, así que no me pude acercar a verlos. Lo viví como todos los que estábamos allí: como un rumor que alertaba que alguien había decidido pintarle una paloma así (Rodo [Viniloversus], dixit) a Félix Allueva y su actitud excluyente. Estando ahí, les puedo decir que nadie del público se lo tomó a mal. Los único que censuraron la actitud de Fibonacci fueron, vaya paradoja, los supuestos alternativos de Corriente Alterna, quienes a través de su Twitter expresaron su indignación por la actitud de la banda. De resto, la gente se acercó, los escuchó, les tomó fotos, y el que no quiso, o no pudo, se quedó escuchando a Chupi Lumpi sin problemas. El cuento completo, ya lo contó Sergio M. Ahora, sólo resta esperar el video.

Continuó la noche, y llegaría la mejor presentación: la de Alfombra Roja. No conocía nada de esta banda, y creo que casi ninguno de los presentes en la plaza habíamos escuchado nada sobre ella. Realmente fue agradable descubrir un grupo así. Sin mayores pretensiones, Alfombra Roja es rock, puro y duro. Tiene un cierto aire a Queens of the Stone Age y The Pixies; y aunque el cantante sobreactúa un poco en tarima, hay que decirlo: suenan geniales. Ojalá se respeten como banda y decidan seguir más allá de todo lo que pueda rodearlos al ganar el festival.

Terminaba la parte competitiva, y luego de Los Tomates Fritos, empezaría el Homenaje al Rock Nacional con Absolut, una banda formada exclusivamente para esa noche, conformada por: Carlos Reyes (Chucknorris, Ex Claroscuro), Gustavo Guerrero (Ex Cunaguaro Soul), Pavel (Caramelos de Cianuro), y Claudio Leoni (Chucknorris), y nombrada así por la marca de Vodka, uno de los patrocinadores del evento.

El primero en subir fue Carlos “Frezza” Mata, vocalista de Subsonus, quien versionó temas de Claroscuro, La Muy Bestia Pop, La Leche, Pacífica, y cerró con una enorme versión de Fe, de Candy 66.

PTT Lizardo, vocalista de La Misma Gente le siguió, cantó Uñas Asesinas de Seguridad Nacional, y verlo fue triste. Creo que era la viva estampa del rock nacional. Lo más triste eran las burlas entre el público.

Al bajarse Lizardo, se vino Horacio Blanco, el rey de las contradicciones. Al montarse en la tarima se lanzó un discurso, dijo que a sus quince años había formado una banda con la intención de ridiculizar al poder. Dijo que era un acto de valentía porque ellos (Desorden, Sentimiento, y los demás) no sabían las consecuencias de eso. Y cantó Descargar de SM, y Políticos Paralíticos, momento que aprovechó para lanzarse al público. Quisiéramos creerle, pero todos sabemos que eso JAMAS lo hubiese hecho en alguno de los actos oficiales a los que suele ir siempre como invitado regular, y dejando atrás la ridiculización del poder, que se quedó en su quince años.

Posteriormente vendría otro que se vendió por poco. Azier, ataviado con unos pantalones rojo-tubito-marcapaquete, a versionar un tema de La Puta Eléctrica, y cantar El Martillo de Caramelos (sin cianuro). El cierre de la noche, fue con Terrenal, a cargo del propio Gustavo Guerrero.

Segunda Noche.

No pude llegar al toque de Bioshaft, Los Paranoias se montaban en tarima, mucho antes de la hora prevista, haciendo una buena presentación.

Rawayana empezaría el segundo día de competencia. Junto a Lebronch, siguen la senda del reggae sin personalidad. Y aquí, otra vez, apostando a la payasería como supuesta irreverencia. Suenan bien, eso sí. Tienen una percusión al fondo, que les da un sonido algo diferente.

Las Locuras de Tomasito: Wanabbe Candy 66, con un vocalista que se cree la gran vaina, y otra vez, con una irreverencia impostadísima.

Prozak, dicho por ellos mismos: Metal, monte y culebra.

Agonía, en cambio, fue otra cosa. Tal vez porque esos adolescentes, que se parecían más a Los Jonas Brothers que a las dos bandas predecesoras, no daban la impresión de que iban a hacer lo que hicieron en tarima. Fuerza en escena, entrega total con el público, cero pose. Junto a Tequila and Caroline, fue de lo mejor que hubo en el festival. Claro, que quienes prefieren a las bandas chéveres nombradas arriba, los criticaron. Yo celebro la espontaneidad que tienen y espero que sigan trabajando.

La última banda en competencia fue Merlot, de quienes había escuchado maravillas. Maravillas que no se vieron por ningún lado. Se justificaron después, en la rueda de prensa, diciendo que habían tenido fallas con la electricidad. Pero nada, no tienen mucho en tarima, y musicalmente no suenan bien.

Cerraba la competencia, y en una muestra de incoherencia bárbara, montaron a El Arca de Noel, acompañados por Hana Kobayashi. El resultado era de esperarse: a la gente no le gustó, e incluso empezaron a decirles “vete ya”, siguiendo el ritmo de una de sus canciones. El asunto es que El Arca suena bien, y Hana Kobayashi es una buena cantante, pero se equivocaron de público. Tal vez si los hubieran puesto a cerrar el sábado… Destacable, la actitud de Kobayashi ante el rechazo del público: la chama se lo tripeaba, y seguía cantando.

Anunciaron la banda ganadora, y afortunadamente, Félix Allueva no la volvió a cagar. Ganó la que fue, sin duda, la mejor banda. Apuesto por ella. Tienen en sus manos la posibilidad de ser algo, o terminar como las bandas del video, o como los caramelos. De ustedes depende. Lo mismo para Agonía y Tequila and Caroline.

Finalmente vino el video ya mencionado al principio, durante el cual se alternaban actuaciones de los pocos sobrevivientes del festival. De ellos se puede destacar a Liqüet, quienes tocaron con Jean Carlo De Oliveira (Candy 66) como cantante. La propia Candy 66, quienes como siempre saben darse duro en escena. Y finalmente, Viniloversus y La Vida Boheme, las dos bandas que, con todas sus contradicciones a cuesta, ya señaladas en este espacio, siguen siendo, sin embargo, las dos propuestas más honestas de la actualidad.

¿Conclusiones? Se las dejo a ustedes.



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lunes 19 de julio de 2010

Bohemian like you (¿Homenaje a Adriano González León?)

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"I'm getting wise, and i'm feeling so Bohemian like you."
Bohemian like you - The Dandy Warhols




¿Cuántos cuentos comienzan con la palabra “Caracas”?

Deben ser miles los escritores, y aspirantes a serlo, que han comenzado una narración refiriéndose a la ciudad. Es tan fácil.

Iba a comenzar esta crónica con la misma palabra, hasta que un alerta me lo impidió. Fue la música de Ricardo Arjona que salía del cubículo de mi compañero de trabajo. El pana estaba escuchando la canción del taxista (que no sé como se llama, y no me voy a molestar en googlearla). Iba por la parte en la que el tipo dice que zigzagueaba en Reforma y la tipa le dice que se llama Norma y cruza la pierna. Ya saben, esas rimas sin sentido de Arjona. Creo que esa canción es la misma en la que el carajo rima mejilla con pantorrilla, y que termina con el taxista cepillándose a su pasajera en la alfombra, mientras le besa la sombra :-D

Bien, al oírlo me di cuenta que estaba a un paso de postear una tétrica crónica caraqueña. Una de esas postales, medio rudas, medio cursis, como la película de Cuarón, en las que personajes soñadores pasean por el caos capitalino y terminan a medio camino entre el cumplir sus sueños y salir decepcionados. Es casi un subgénero en nuestra literatura, y si algo bueno tienen los blogs, es el poco respeto que sientes sus autores por ese tipo de escritura. Porque los blogs son escritos por verdaderos caraqueños qué realmente sufren la ciudad; y por tanto, no tienen tiempo para construir postalitas pseudourbanas.

Así que terminé agradeciéndole a mi compañero el evitarme escribir una crónica que se pareciera a una canción de Ricardo Arjona. Esta es una historia distinta. Es, en primerísimo primer lugar, una respuesta a otra crónica. Y en segundo lugar, es la historia de Susan.

Susan, el único apodo razonable para ella. Así la llamo, como su escritora favorita. Y también para evitar ser “poco elegante” como ella misma me exigió un día, cuando andaba ventilando intimidades en las redes sociales, víctima de eso que en un cuento escrito por mí mismo califiqué de: “extraña necesidad de impostar la espontaneidad e irreverencia” (que vaina tan soberbia, ésta de autocitarme :-) )

Bien, Susan y yo acordamos ir al sitio dónde murió Adriano González León. El objetivo era homenajearlo y tomarnos un trago en la misma silla donde murió.

Caracas es la ciudad donde toda historia gloriosa tiene su inicio, su desarrollo, o su final en un centro comercial, o en un Mc Donalds. Los enclaustrados sitios de consumo son los escenarios donde se desenvuelven los caraqueños (sanantoñeros), católicos (ateos), de la clase media (tirando a baja). Es decir, la white trash de Venezuela. La versión venezolana del sitio dónde Eminem compuso sus primeros raps. Ahí, con gusto, me ubico yo.

Ahora ubíquenme en la fila del Mc Donalds del Rosal, detrás de unos niñitos que tienen una hora pensando cual de las tres versiones de cajita feliz quieren. Figúrenme maquinando mil teorías sobre el padre de los niños, qué se nota, es primera vez que saca a pasear a los pequeños. Llega Susan, vestida de morado, con la sonrisa deforme qué, a la distancia, le da la apariencia de ser una niña traviesa. Mientras se acerca tengo fantasías sobre ella: la imagino como una niña de cinco años, colada en el consultorio de un veterinario, jugando con un gato mestizo, y robándose unas tijeras quirúrgicas, que en sus manos, se convierten en tijeras de peluquera. Y entonces toma al gato y empieza a cortarle un poco de su pelaje, con miedo, pero también con la curiosidad que tienen las niñas cuando quieren ver que tan lejos pueden llegar al atreverse a algo nuevo. Y entonces el gato la mira, se le acerca y le dice: Hola, John.

Yo ni siquiera la beso, pero ella cree que la besé y que le susurré algo al oído. Ella suele creer muchas cosas, a veces son verdad.

Salimos del Mc Donalds y bajamos hacia Las Mercedes. Entrar en la principal de las mercedes un día de semana es como entrar a cualquier avenida. Si no fuera por algunos sonidos aislados provenientes de voces afectadas, típicamente caraqueñasdeleste, uno no notaría la diferencia entre ésta calle y cualquiera del centro de la capital.

En el trayecto hago comentarios sobre los huecos que Gerardo Blyde no ha tapado, y por estar viendo uno de los huecos, un auto me roza la pierna y Susan sólo alcanza a decirme que tenga cuidado, aunque sé que en el fondo se ríe. Yo también lo haría.





Conseguir el Amazonia fue una pequeña odisea. Una odisea extraña, nada romántica: no veníamos de una guerra, Penélope no nos esperaba, y ese vigilante que nos dijo “caminen por ahí, payá, hastayá, y sigan haciayá, y cuando lleguen allá, entonces cruzan y se vienen como si vinieran pacá”, no es Palas Atenea, y no nos está ayudando.

Luego de un buen rato perdidos, llegamos al Amazonia Grill. Nos sentamos en la barra y de inmediato me sentí en una reunión del CEN de Acción Democrática. Semanas después descubro con beneplácito que el sentimiento es mutuo, y que Susan también se sintió entre adecos.

El estar ahí me hizo entenderlo: en el siglo XXI estamos condenados a no tener poesía. Si Adriano y todos sus amigos de la República del Este se sintieron bohemios en Caracas, fue porque crecieron en una Caracas distinta a la nuestra. Una Caracas romántica y dulcemente poética. Veo a mi alrededor y veo a unos tipos que bien pudieran ser mis abuelos, pero que no tienen la gracia de los abuelos, ese cariño aleccionador que los hace seres entrañables. Aquí no hay poesía ni bohemia, hay tristeza. No digo “nostalgia”, porque en el Amazonia no se respira nostalgia, se respira algo muy parecido a lo que se intuye en las películas de Herzog: un cierto aroma a findemundo, a apocalipsis, a estoselollevóquienlotrajo.

Así que sólo hay dos opciones: la ironía o el desencanto. Yo opto por la primera y Susan se irrita.

El barman nos contó que Adriano murió tomando jugo de tomate en la silla donde yo estaba sentado.

Al momento recordé que le había prometido a Susan que yo traería País Portátil, pero se me había olvidado. Según ella grité: ah, vaina, se me olvidó el libro. Ya no importa, me dijo ella. Y nos fuimos a un centro comercial.

Perdón, Adriano, pero no podemos homenajearte si la ciudad en la que viviste ya no existe, si somos los hijos de una generación que nada tuvo que ver con la tuya y que más bien desprecia todo lo que tu gente construyó. No tengo la fuerza de los chamos de relectura para reconstruir una época que pasó, y que ya no volverá.

No volverá ésa Caracas, ni esa Venezuela. ¿No lo ven?, aquí hay emoticones, ¿se imaginan los textos de la República del Este con emoticones?

Susan, romántica, optimista y bella, como sólo pueden serlo las mujeres jóvenes que creen en el futuro, se sintió mal por no poder completar el homenaje. Yo no, la Caracas de Adriano es portátil y se la llevó el pana al momento de morir. Es una ciudad derretida.



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sábado 17 de julio de 2010

Panfleto Negro cumple hoy 11 años

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Días después del 11 de septiembre de 2001, cuando Estados Unidos fue objeto del mayor ataque terrorista de su historia, la escritora Susan Sontag, publicó un increíble artículo, en el que cuestionaba la retórica belicista y alejada de la realidad, del gobierno de su país.

Luego de publicado aquel texto, primero en The New Yorker, y luego reproducido en otros medios, Sontag fue objeto de múltiples repudios por sus palabras. La escritora ejercía una de las libertades que supuestamente envidiaban los terroristas que organizaron aquellos lamentables atentados: la libertad de expresión.

Un año después, Sontag publicó un artículo, aún más duro, en el que señalaba: "Todo ello inscrito en la tradición solemne del antiintelectualismo estadounidense: la suspicacia ante el pensamiento, ante las palabras. Y sirve muy bien a los propósitos del gobierno actual. Ocultos tras las patrañas de que los atentados del 11 de septiembre pasado fueron demasiado horribles, demasiado devastadores, demasiado dolorosos, demasiado trágicos para las palabras, que las palabras no podrían de ningún modo hacer justicia a nuestra pena e indignación. Nuestros dirigentes cuentan con la excusa perfecta para envolverse con palabras prestadas despojadas de contenido. Decir algo podría resultar controvertido. De hecho, quizá podría derivar en una suerte de declaración y por lo tanto invitar a la refutación. Lo mejor será no decir nada." (pagina 132 de Al mismo tiempo. Susan Sontag. Ramdon House Mondadori)

Susan Sontag se enfrentó, durante los últimos años de su vida, a uno de los grandes prejuicios que ha acompañado cierto discurso antiintelectual y antiperiodismo: la idea de que la crítica y el disenso es un acto de violencia.

Algunos, parece que no entienden la diferencia entre crítica y psicoanálisis. Cuando uno va al psicoanalista, lo hace para sentirse bien, y es válido. Cuando uno lee un periódico, no. El periodismo (asumiendo que el ejercicio de la opinión es, de alguna forma, parte o producto del mismo) no debe hacen sentir bien a nadie, su función es la de describir lo que pasa, procurando no añadir ni quitar nada, aún cuando sabemos que la objetividad es una utopía.


Click aquí para leer el artículo completo en Panfleto Negro.

jueves 15 de julio de 2010

Sobre el frikismo

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El que diga que nunca hizo lo que Jim Carrey hacía todas las mañanas al despertarse, en la obra maestra de Peter Weir, The Truman Show, es un mojonero.

Todos nos hemos puesto a hacer caritas raras frente al espejo en las mañanas. Todos nos hemos hecho el peinado punk con champú. Y todos nos hemos acercado alguna vez a una cámara de video/foto para grabarnos/fotografiarnos haciendo payasadas.

En Youtube, existe algo que pudiéramos llamar la estética de la estupidez intimista. Una lista gigantesca de videos, de gente común y corriente, haciendo idioteces para figurar. Desde la caída de Edgar, pasando por Yasuri Yamileth, hasta llegar al tipo éste que sale desnudo en un video "romántico".



Hay, no lo nieguen, una placer enorme en verlos. Tal vez, porque veamos en ellos a ese sublime payaso que todos llevamos dentro. Tal vez, porque las horas en la oficina son más llevadera luego de enfrentarnos a algunos minutos de frikismo involuntario. Tal vez, por morbo. Tal vez, porque sabemos que darle miles de visitas es la forma más cruel de burlarnos de ellos.

Acabo de ver el nuevo video de Nelly Furtado, perteneciente a Bajo Otra Luz, el mejor tema de su último disco, Mi Plan, y me ha pasado lo mismo. Es tan malo, que es bueno. Es tan... Que es imposible tomárselo en serio.

Enjoy.



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jueves 8 de julio de 2010

El secreto de sus ojos

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La primera vez que la vi, me gustó un poco, no mucho, pero algo. No me pareció una obra maestra, y tampoco la creía merecedora del Oscar a Mejor Película Extranjera que ganó este año. De hecho, comparada con La Cinta Blanca de Michael Haneke, La Teta Asustada de Claudia Llosa, y Un Profeta de Jacques Audiard, claramente, salía como la peor del conjunto.

Claro, que al ver las otras cintas nominadas (haciendo la salvedad de que no he visto Ajami) uno entiende por qué ganó esta película. Es una cinta correcta (correctísima), no muy incómoda, nada polémica y bien ajustada a esa corrección política que lamentablemente ha movido en los últimos años a la Academia a premiar cintas en su mayoría inofensivas e inocuas en la categoría reservada a las películas de habla no inglesa. Basta darle un vistazo a las premiadas en este renglón durante la última década para encontrar, en su gran mayoría, películas blandas, qué aunque excelentes en su realización, no dejan de ser correctas y complacientes con el público.

Un breve repaso

En algún lugar de África (2002) y Los Falsificadores (2007), son dos películas dedicadas al horror nazi, con un enfoque conservador, que no aportan mayor cosa, ni desde el punto de vista histórico, ni cinematográfico. Las invasiones bárbaras (2003), Mar adentro (2004), y Despedidas (2008), son dramas intimistas, igualmente inofensivos y nada incómodos o innovadores. El tigre y el dragon (2000), es la incursión de Ang Lee en el wuxia, a mi juicio es buena, pero nada del otro mundo. Mientras que Tsotsi (2005), cuenta una historia de redención, enmarcada en una suave denuncia de la pobreza y violencia en Sudáfrica, que acaba con un final feliz y tranqulizador.

Tal vez las únicas excepciones a la regla las constituyan Tierra de nadie (2001), la maravillosa película de Danis Tánovic; una extraordinaria disección de la guerra de los balcanes, incorporada por dos soldados de bandos contrarios, obligados a sopotarse luego de caer atrapados en medio del conflicto. Una visión distinta, y ciertamente atrevida sobre los conflictos bélicos, alejada de maniqueísmos, y permitiéndose mucha ironía. Y La vida de los otros (2006), la excepcional cinta de Florian Henckel von Donnersmarck, uno de los retratos más certeros sobre el totalitarismo que haya hecho el cine en mucho tiempo.



El secreto de sus ojos (2009, Juan José Campanella) es una película plana, predecible, y sobre todo, mecánica. Demasiado pensada, calculadora y manipuladora. Al verla la primera vez, hice algo estúpido: la comparé con las películas venezolanas, y en ese examen, salía bien parada. Pero la película de Campanella no soporta una segunda mirada, y menos aguantará el paso del tiempo.




En 1999, Benjamín Espósito (correcto Ricardo Darín), un gris trabajador de tribunales, se jubila. Buscando que hacer con su tiempo libre, decide escribir una novela sobre un caso que llevó en 1974. Por azar y burocracia, a Espósito le tocó investigar la violación y brutal asesinato de una joven. Una vez que se adentró en las investigaciones, empezó a relacionarse con Ricardo Morales (Pablo Rago), el viudo de la víctima, quién quedó desolado, ya que la amaba profundamente. Conmovido por la devoción de Morales hacia su fallecido amor, Espósito le promete encontrar al asesino, y levarlo ante la justicia para que le den “cadena perpetua”. Con la ayuda de Pablo Sandoval (un extraordinario Guillermo Francella) su asistente alcohólico, aunque brillante, Espósito emprende una búsqueda indagando en la vida de la occisa, y descubriendo que un hombre siempre estuvo obsesionado con ella. Además, Espósito deberá lidiar con la presión de su nueva jefa, Irene Menéndez (unidimensional Soledad Villasmil), de la que está secretamente enamorado.

Hasta ahí todo bien, la trama se desarrolla siguiendo el ABC de toda película policial. Pronto, el asesino, Isidoro Gómez (el español Javier Godino, a quién se le sale el acento y la sobreactuación durante todo el metraje) es encontrado, en una inverosímil aunque espectacular secuencia que se desarrolla en un estadio de fútbol, y luego de ser interrogado por Espósito y Menéndez, confiesa su crimen y es encarcelado. Pero el giro se da después, cuando al poco tiempo, Gómez es liberado por el gobierno peronista, y hasta se convierte en guardaespaldas de Isabel Perón, en un giro que bien pudo servir para que la película tomara un interesante rumbo de thriller político, pero que aquí es, cuando menos, absurdo.

De ahí los personajes supuestamente descienden al infierno: Irene se casa, Espósito no se atreve a confesarle su amor, y se conforma con verla en brazos de otro. Sandoval es asesinado. Y Morales no sabe qué hacer para seguir con su vida porque no puede olvidar a su amada, y supongo que ya se imaginan lo que hará este personaje: vengarse.

El secreto de sus ojos, es una película fría y carente de alma, aunque de manera irritante presume de un supuesto aire trágico y melodramático. La historia de amor entre Menéndez y Espósito es supuestamente triste, pero en realidad resulta infantil, tonta, y carente de emoción. Además, la escasa química entre los actores y lo calculada de las situaciones en las que se ven involucrados, hacen que permanezcamos indiferentes ante su supuesta tragedia de amor.

Las escenas que resaltan por su pericia técnica y artística: la persecución en el estadio, la despedida en el tren, y el asesinato de Sandoval, son rápidamente opacadas por otras secuencias mal (ma)logradas y algunos aspectos que desmejoran la producción. Por ejemplo: las escenas románticas entre Espósito y su jefa, el momento en que Espósito descubre cual fue el verdadero destino de Gómez, y el lamentable trabajo de maquillaje. Especialmente, este último aspecto: Las canas de Darin cambiaban de color en cada escena, y cerca del final, más que envejecido, Gómez, parece haberse practicado una quimioterapia.
Una muy desacertada dirección de actores, hace lucir a los intérpretes demasiado acartonados y sin vida. Aunque la culpa también puede ser del guión, plano, lleno de obviedades y de personajes anodinos. Cero profundidad psicológica, y mucho arquetipo telenovelesco.

Sumémosle un final de doble rasero y absolutamente moralista, en que el asesino es torturado durante décadas, ante la indiferencia de Sandoval, que decide alejarse; mientras que los amantes, por fin, se confiesan sus sentimientos, en un final cursilísimo.

Choronguismo, le llaman en Argentina.
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miércoles 7 de julio de 2010

Los perdedores habituales

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Pocas cosas son tan tristes como ser una eterna promesa, es como ser una perspectiva sin límite, algo que siempre puede ser, pero que nunca es. La base de mucha de la retórica política es esa: tener a los ciudadanos en la eterna esperanza de que las promesas se cumplirán, aunque en el fondo, todos sabemos que jamás será así. Es como los evangélicos (testigos de Jehová, y demás etcéteras) que cada cierto tiempo anuncian el fin del mundo y la llegada de Cristo, pero ésta nunca se concreta. Cristo se queda en el cielo al que supuestamente levitó después de resucitar y decide postergar indefinidamente su venida.

Lo que hace triste a las eternas promesas es la expectativa que crean. No es lo mismo que nunca se espere nada y que nada pase, a que nada pase esperando algo. Hay un dejo de decepción, no sólo por el incumplimiento de lo prometido, sino por lo sostenido de ese incumplimiento. Porque para que haya una promesa eterna tiene que haber un expectante eterno, un eterno creyente, un evangélico lo suficientemente ingenuo como para creer que cualquier estúpida coincidencia matemática en el curso del tiempo (la llegada del 2000, el 06-06-06, el 07-07-07, el 2012 de los calendarios mayas, etc), es una señal divina que debe llevar a que le preparemos té y galletitas al señor Jesús, para que no se sienta mal recibido.

Hay en los eternos creyentes algo de patetismo y algo de grandeza, como en todos, seguramente. Son patéticos en tanto a que son víctimas de su ceguera, de su falta de sentido de la realidad. Son tan testarudos como un tipo de 70 años dispuesto a seguir creyendo en el comunismo, a pesar de que la realidad le ha demostrado a generaciones y generaciones que esa tesis política es un rotundo fracaso. Pero ellos se paran allí, frente a las ruinas del muro de Berlín y dicen: en realidad no fue que lo tumbaron los ciudadanos cansados del autoritarismo, lo que pasó es que tenía un problema en las bases; hay que construir un muro más fuerte. Y uno, que los ve a la distancia, no puede menos que sentir pena ajena por ver a un carajo tan decididamente soberbio, tan incapaz de reconocer sus propios errores.



Pero contradictoriamente, hay en ellos algo admirable. Cuando los eternos creyentes dedican su afán y testarudez a algo más inofensivo que la política o la religión, casi siempre suele ser a algo noble. Un amor que se les niega, un artista comprobadamente no talentoso, un fanatismo deportivo. Dice uno de los personajes de El Secreto de sus Ojos, la irregular película argentina ganadora del Oscar, que un hombre puede renunciar a lo que sea menos a su pasión. Y luego agrega: se puede cambiar de novia, de trabajo, de casa, de ropa, pero jamás de equipo de fútbol.




La selección española de fútbol es una eterna promesa, y sus fanáticos son sus eternos creyentes, sus evangélicos, pues. Desde siempre en mi casa he tenido que lidiar con un eterno creyente, mi papá. Lo recuerdo en el 94 maldiciendo a los italianos, qué con un gol milagroso de Roberto Baggio, casi al final del partido, dejaban fuera a la furia roja. Lo recuerdo en el 98, cantando la enorme goleada que los ibéricos le propinaron a Bulgaria, y luego mentando la madre de Paraguay, que en paralelo ganaba su juego, dejando a España sin posibilidades matemáticas de pasar a los octavos. Pero sobre todo lo recuerdo en 2002, desgañitado frente al televisor, botando fuego por la boca contra “esos malditos árbitros de mierdaaaaa” que con sus ciertamente desacertadas decisiones dejaban a España eliminada en cuartos, ante la dudosa Corea del Sur, que se metió en penales, luego de que le anularan DOS goles a España. Luego vino 2006 y la lamentable soberbia de Raúl declarando en la prensa: “le vamos a firmar la carta de retiro a Zidane”. Sobre eso papá nunca dijo nada, o al menos no lo recuerdo; creo que papá estaba atravesando por la crisis de la religión, ese momento en que el comunista dice: coño, ¿será que estoy equivocado y estoy apoyando algo incorrecto? Pero el escepticismo se le fue al poco tiempo, vino la Eurocopa de 2008 y por fin papá pudo celebrar un campeonato de su selección. Pero no era el mundial, como me dijo cuando compartimos un trago esa noche, en la que hasta ese primo mamagüevo al que no veíamos en años vino a la casa para ver el partido.

Hoy, cuando España clasificaba a la final, confesaré que lamenté mucho que papá no estuviera conmigo para ver el partido. Yo nunca me he llevado bien con mi papá, ni con nadie de mi familia; pero hace un rato superé la etapa adolescente de ‘odio a mis padres’ y he pasado a una etapa más amable, que bien pudiera llamarse ‘vamos a tratar de entender a mis padres’.

Este mundial ha sido genial. Brasil se fue, por segunda vez consecutiva los brasileros tuvieron que empacar en cuartos y debieron meterse la arrogancia por el culinho. Argentina (el equipo de mi familia materna) también se fue, y nos evitamos ver a Maradonna desnudo; también eso dio pie a que los perdonavidas de siempre salieran a pisotear la dignidad del astro argentino y a darse baños de moral con su humillación*. Se fue Italia, uno de los campeones más inmerecidos de mundiales recientes. Salió Inglaterra con su juego paupérrimo y lastimoso, y con Rooney, otro que se tuvo que meter la soberbia por el ass. Nos despedimos de Domenech, el inmerecidísimo seleccionador de una de las mejores —si no la mejor— generaciones que haya habido de jugadores franceses. Fue el mundial en que Cristino Ronaldo demostró —¿hacía falta que lo demostrara?— que es un bluff publicitario, una bomba de jabón, dispuesta a desaparecer ante el primer vientico. Javier Aguirre también se fue, y la cursi publicidad que hizo correr antes del mundial, en la que ridículamente comparaba la gesta independentista mexicana con la supuesta gesta heroica que habrían de protagonizar sus muchachos en Sudáfrica, quedó para las risas de Youtube. Es una gran ironía que en un mundial marcado por las pésimas decisiones arbitrales, se hayan hecho tantos actos de justicia poética.

Sólo fueron lamentables tres cosas. 1) Que Suramérica, luego de una fantástica primera ronda, haya perdido su impulso inicial siendo eliminados cuatro de sus cinco equipos en cuartos de final, luego de haberlos clasificado a todos, cuatro de ellos como primeros de grupo, cosa inédita en la historia de los mundiales. 2) Ghana, la selección africana que tan tristemente quedó fuera del mundial. Particularmente lo ocurrido al jugador Asamoah Gyan, es una de esas cosas que marcan la historia del deporte, como el autogol de Escobar, el penalti que Goicoechea no pudo parar en la final del 90, o el penalti errado por Baggio en la final del 94. 3) Uruguay, selección a la que La Vinotinto le propinó la goleada más arrecha que le hayamos propinado a algún equipo en eliminatorias mundialistas, y por tanto la selección indirectamente culpable de la onda de exagerado optimismo que a veces invade las páginas de las secciones deportivas de los medios venezolanos (ji ji ji). Fue un gran equipo, lo dio todo, y perdió de pie, con ganas. Realmente lamenté su salida, porque aunque simpatizo con Holanda, los uruguayos merecían la final. De resto, he disfrutado este mundial más que cualquier otro. Aún con el exceso de empates al principio.

Ah, otra cosa tremenda de este mundial ha sido Twitter. No sé como será en otros países, pero en Venezuela el mundial no ha sido el mismo desde que Twitter existe. Los comentaristas de la televisión venezolana, quedan desnudos ante el poder desmitificador de la red social. Los desaciertos de Meridiano TV, las cursilerías de Cristóbal Guerra, la absurda noticia de la muerte de Simón Díaz que irresponsablemente anunció Meridiano, la ridiculez de la presentación de Venevisión, las inmamables piezas publicitarias que presentan y despiden los partidos, la pesadez del fastidioso Osman Aray, el Wannabismo de la Plaza Alfredo Sadel, los tétricos comentarios de César Farías, la cancioncita de Shakira, el horrendo remix que David Bisbal hace del tema de K’naan, los errores narrativos de Manolo Dávila, la lastimosa transmisión de Tves (que, por cierto, casi nadie está siguiendo, causándoles pérdidas patrimoniales al estado al no ser rentable), en resumen, toda es tragicómica forma de ser de cierto periodismo deportivo venezolano, ha quedado destrozada y sin piedad por los Twitteros venezolanos, quienes con la fuerza que les permite la inmediatez, han sabido mostrar las enormes carencias de los periodistas del área. No sé ustedes, pero sin Twitter yo no me habría tripeado este mundial como lo he hecho.

Después del partido papá me llamó, y emocionado como un carajito, con ese acento gallego qué 42 años viviendo en Venezuela no le han quitado, me dijo que también lamentaba que no estuviera con él para ver el partido. Así que el triunfo español me alegra, no sólo porque le hincho a España, sino porque me gusta ver que a veces los creyentes tienen razón. En serio. Si algún día se comprueba que Dios existe yo, en mi corazón de ateo, lo celebraré. Pero quiero pruebas concretas y comprobables, por favor.

Este domingo será una final para los creyentes de siempre, gane quien gane, será una campeón inédito, y además, será España u Holanda. Holanda, otra promesa eterna, otro equipo que siempre dice cada cuatro años “ahora sí, vamos a dar la sorpresa” y nunca la da. Yo, sobra decir, le voy a España, aunque suene asquerosamente cursi, porque quiero ver a mi papá celebrar un campeonato del mundo antes de que muera. Y también porque me gusta cuando alguien que nadie espera que gane, gana y le calla la boca a todo el mundo. Como la Eurocopa de Grecia en 2004, es lo que espero que algún día pase con La Vinotinto, que clasifique a un mundial contra todos los pronósticos. Y es lo que siempre espero, que el gallo con lentes del salón se pare de su pupitre y le reviente la cara a trompadas al matoncito de la clase, y además, se dé los besos con la chama que siempre le ha gustado, pero que prefiere empatarse con el matoncito.

Afortunadamente Manolo el del Bombo se recuperó y logró llegar para atemperar un poco el sonido de las vuvuzelas.






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martes 6 de julio de 2010

Lo Esencial...

5 comentario(s)









"¿Te llevaste mis Puchi?"

"¿Eso es un balón con pelos"

"Atrevidita como mi mamá"

"Azule como la squadra.. colore de la dolce vita" (Y todos los defasados stereotipos de a cuña esa de la pintura)

"Erre Ese Ventiuno yucanflaiiiiiii"

¿Qué lejos está la publicidad venezolana de producir piezas como la de arriba, verdad?


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