miércoles 7 de julio de 2010

Los perdedores habituales

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Pocas cosas son tan tristes como ser una eterna promesa, es como ser una perspectiva sin límite, algo que siempre puede ser, pero que nunca es. La base de mucha de la retórica política es esa: tener a los ciudadanos en la eterna esperanza de que las promesas se cumplirán, aunque en el fondo, todos sabemos que jamás será así. Es como los evangélicos (testigos de Jehová, y demás etcéteras) que cada cierto tiempo anuncian el fin del mundo y la llegada de Cristo, pero ésta nunca se concreta. Cristo se queda en el cielo al que supuestamente levitó después de resucitar y decide postergar indefinidamente su venida.

Lo que hace triste a las eternas promesas es la expectativa que crean. No es lo mismo que nunca se espere nada y que nada pase, a que nada pase esperando algo. Hay un dejo de decepción, no sólo por el incumplimiento de lo prometido, sino por lo sostenido de ese incumplimiento. Porque para que haya una promesa eterna tiene que haber un expectante eterno, un eterno creyente, un evangélico lo suficientemente ingenuo como para creer que cualquier estúpida coincidencia matemática en el curso del tiempo (la llegada del 2000, el 06-06-06, el 07-07-07, el 2012 de los calendarios mayas, etc), es una señal divina que debe llevar a que le preparemos té y galletitas al señor Jesús, para que no se sienta mal recibido.

Hay en los eternos creyentes algo de patetismo y algo de grandeza, como en todos, seguramente. Son patéticos en tanto a que son víctimas de su ceguera, de su falta de sentido de la realidad. Son tan testarudos como un tipo de 70 años dispuesto a seguir creyendo en el comunismo, a pesar de que la realidad le ha demostrado a generaciones y generaciones que esa tesis política es un rotundo fracaso. Pero ellos se paran allí, frente a las ruinas del muro de Berlín y dicen: en realidad no fue que lo tumbaron los ciudadanos cansados del autoritarismo, lo que pasó es que tenía un problema en las bases; hay que construir un muro más fuerte. Y uno, que los ve a la distancia, no puede menos que sentir pena ajena por ver a un carajo tan decididamente soberbio, tan incapaz de reconocer sus propios errores.



Pero contradictoriamente, hay en ellos algo admirable. Cuando los eternos creyentes dedican su afán y testarudez a algo más inofensivo que la política o la religión, casi siempre suele ser a algo noble. Un amor que se les niega, un artista comprobadamente no talentoso, un fanatismo deportivo. Dice uno de los personajes de El Secreto de sus Ojos, la irregular película argentina ganadora del Oscar, que un hombre puede renunciar a lo que sea menos a su pasión. Y luego agrega: se puede cambiar de novia, de trabajo, de casa, de ropa, pero jamás de equipo de fútbol.




La selección española de fútbol es una eterna promesa, y sus fanáticos son sus eternos creyentes, sus evangélicos, pues. Desde siempre en mi casa he tenido que lidiar con un eterno creyente, mi papá. Lo recuerdo en el 94 maldiciendo a los italianos, qué con un gol milagroso de Roberto Baggio, casi al final del partido, dejaban fuera a la furia roja. Lo recuerdo en el 98, cantando la enorme goleada que los ibéricos le propinaron a Bulgaria, y luego mentando la madre de Paraguay, que en paralelo ganaba su juego, dejando a España sin posibilidades matemáticas de pasar a los octavos. Pero sobre todo lo recuerdo en 2002, desgañitado frente al televisor, botando fuego por la boca contra “esos malditos árbitros de mierdaaaaa” que con sus ciertamente desacertadas decisiones dejaban a España eliminada en cuartos, ante la dudosa Corea del Sur, que se metió en penales, luego de que le anularan DOS goles a España. Luego vino 2006 y la lamentable soberbia de Raúl declarando en la prensa: “le vamos a firmar la carta de retiro a Zidane”. Sobre eso papá nunca dijo nada, o al menos no lo recuerdo; creo que papá estaba atravesando por la crisis de la religión, ese momento en que el comunista dice: coño, ¿será que estoy equivocado y estoy apoyando algo incorrecto? Pero el escepticismo se le fue al poco tiempo, vino la Eurocopa de 2008 y por fin papá pudo celebrar un campeonato de su selección. Pero no era el mundial, como me dijo cuando compartimos un trago esa noche, en la que hasta ese primo mamagüevo al que no veíamos en años vino a la casa para ver el partido.

Hoy, cuando España clasificaba a la final, confesaré que lamenté mucho que papá no estuviera conmigo para ver el partido. Yo nunca me he llevado bien con mi papá, ni con nadie de mi familia; pero hace un rato superé la etapa adolescente de ‘odio a mis padres’ y he pasado a una etapa más amable, que bien pudiera llamarse ‘vamos a tratar de entender a mis padres’.

Este mundial ha sido genial. Brasil se fue, por segunda vez consecutiva los brasileros tuvieron que empacar en cuartos y debieron meterse la arrogancia por el culinho. Argentina (el equipo de mi familia materna) también se fue, y nos evitamos ver a Maradonna desnudo; también eso dio pie a que los perdonavidas de siempre salieran a pisotear la dignidad del astro argentino y a darse baños de moral con su humillación*. Se fue Italia, uno de los campeones más inmerecidos de mundiales recientes. Salió Inglaterra con su juego paupérrimo y lastimoso, y con Rooney, otro que se tuvo que meter la soberbia por el ass. Nos despedimos de Domenech, el inmerecidísimo seleccionador de una de las mejores —si no la mejor— generaciones que haya habido de jugadores franceses. Fue el mundial en que Cristino Ronaldo demostró —¿hacía falta que lo demostrara?— que es un bluff publicitario, una bomba de jabón, dispuesta a desaparecer ante el primer vientico. Javier Aguirre también se fue, y la cursi publicidad que hizo correr antes del mundial, en la que ridículamente comparaba la gesta independentista mexicana con la supuesta gesta heroica que habrían de protagonizar sus muchachos en Sudáfrica, quedó para las risas de Youtube. Es una gran ironía que en un mundial marcado por las pésimas decisiones arbitrales, se hayan hecho tantos actos de justicia poética.

Sólo fueron lamentables tres cosas. 1) Que Suramérica, luego de una fantástica primera ronda, haya perdido su impulso inicial siendo eliminados cuatro de sus cinco equipos en cuartos de final, luego de haberlos clasificado a todos, cuatro de ellos como primeros de grupo, cosa inédita en la historia de los mundiales. 2) Ghana, la selección africana que tan tristemente quedó fuera del mundial. Particularmente lo ocurrido al jugador Asamoah Gyan, es una de esas cosas que marcan la historia del deporte, como el autogol de Escobar, el penalti que Goicoechea no pudo parar en la final del 90, o el penalti errado por Baggio en la final del 94. 3) Uruguay, selección a la que La Vinotinto le propinó la goleada más arrecha que le hayamos propinado a algún equipo en eliminatorias mundialistas, y por tanto la selección indirectamente culpable de la onda de exagerado optimismo que a veces invade las páginas de las secciones deportivas de los medios venezolanos (ji ji ji). Fue un gran equipo, lo dio todo, y perdió de pie, con ganas. Realmente lamenté su salida, porque aunque simpatizo con Holanda, los uruguayos merecían la final. De resto, he disfrutado este mundial más que cualquier otro. Aún con el exceso de empates al principio.

Ah, otra cosa tremenda de este mundial ha sido Twitter. No sé como será en otros países, pero en Venezuela el mundial no ha sido el mismo desde que Twitter existe. Los comentaristas de la televisión venezolana, quedan desnudos ante el poder desmitificador de la red social. Los desaciertos de Meridiano TV, las cursilerías de Cristóbal Guerra, la absurda noticia de la muerte de Simón Díaz que irresponsablemente anunció Meridiano, la ridiculez de la presentación de Venevisión, las inmamables piezas publicitarias que presentan y despiden los partidos, la pesadez del fastidioso Osman Aray, el Wannabismo de la Plaza Alfredo Sadel, los tétricos comentarios de César Farías, la cancioncita de Shakira, el horrendo remix que David Bisbal hace del tema de K’naan, los errores narrativos de Manolo Dávila, la lastimosa transmisión de Tves (que, por cierto, casi nadie está siguiendo, causándoles pérdidas patrimoniales al estado al no ser rentable), en resumen, toda es tragicómica forma de ser de cierto periodismo deportivo venezolano, ha quedado destrozada y sin piedad por los Twitteros venezolanos, quienes con la fuerza que les permite la inmediatez, han sabido mostrar las enormes carencias de los periodistas del área. No sé ustedes, pero sin Twitter yo no me habría tripeado este mundial como lo he hecho.

Después del partido papá me llamó, y emocionado como un carajito, con ese acento gallego qué 42 años viviendo en Venezuela no le han quitado, me dijo que también lamentaba que no estuviera con él para ver el partido. Así que el triunfo español me alegra, no sólo porque le hincho a España, sino porque me gusta ver que a veces los creyentes tienen razón. En serio. Si algún día se comprueba que Dios existe yo, en mi corazón de ateo, lo celebraré. Pero quiero pruebas concretas y comprobables, por favor.

Este domingo será una final para los creyentes de siempre, gane quien gane, será una campeón inédito, y además, será España u Holanda. Holanda, otra promesa eterna, otro equipo que siempre dice cada cuatro años “ahora sí, vamos a dar la sorpresa” y nunca la da. Yo, sobra decir, le voy a España, aunque suene asquerosamente cursi, porque quiero ver a mi papá celebrar un campeonato del mundo antes de que muera. Y también porque me gusta cuando alguien que nadie espera que gane, gana y le calla la boca a todo el mundo. Como la Eurocopa de Grecia en 2004, es lo que espero que algún día pase con La Vinotinto, que clasifique a un mundial contra todos los pronósticos. Y es lo que siempre espero, que el gallo con lentes del salón se pare de su pupitre y le reviente la cara a trompadas al matoncito de la clase, y además, se dé los besos con la chama que siempre le ha gustado, pero que prefiere empatarse con el matoncito.

Afortunadamente Manolo el del Bombo se recuperó y logró llegar para atemperar un poco el sonido de las vuvuzelas.






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