lunes 26 de julio de 2010

Festival Nuevas Bandas 2010

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La Fundación Nuevas Bandas, y el “movimiento venezolano”.


El sábado, Boston Rex (Reynaldo Goitía, vocalista de Los Tomates Fritos), se dirigió al público luego de tocar unas tres canciones, y dijo: “Nosotros, los de la vieja escuela, siempre decimos que todo tiempo pasado fue mejor, pero no es cierto. Hoy en día, hay un movimiento como no se veía en años, y las bandas que tienen dos o tres años de formadas, le patean el culo a cualquier banda establecida”.
Quisiéramos creer en el optimismo de Rex, pero… El rock nacional tiene más bandas y más espacios, cierto; pero al mismo tiempo, ésos espacios no son democráticos ni abiertos, y aunque haya más bandas, estas tienen un serio problema conceptual y musical.

Félix Allueva, el burócrata del rock nacional, es un personaje despreciable, autoritario, y muy poco abierto a la crítica. Si bien sería injusto no reconocer su esfuerzo y el trabajo llevado adelante en la fundación, él también es la prueba de que ese viejo adagio popular que reza que el poder pervierte, es una verdad contundente. A Félix le sale retiro, le sale hacerse a un lado, darle espacio a otras caras y a la definitiva democratización de la Fundación Nuevas Bandas (FNB).

Fui con la esperanza de ver una renovación, esperando que los veinte años del festival, le hubieran servido a esta gente para darse un refrescamiento, para cambiar. Pero nada.

De hecho, hay una ironía en todo esto: el domingo, a manera de cierre, fue proyectado un video que resumía los veinte años de la FNB, del festival, y de sus eventos derivados (el Alma Mater, el intercolegial, los Premios Venezuela Pop & Rock, los Miércoles Insólitos, el ciclo desenchufado, el Programa Rock en Ñ, etc.), y ese video, que pretendía llenarnos de optimismo y esperanza, terminó siendo de una contundencia pasmosa. El material dejaba constancia de algo, y creo que Félix Allueva y Ramón Castro (el insoportable animador del festival, y voz narradora del video) no se daban cuenta: la mayoría de las bandas que ganaron el festival, ya no existen. Se diluyeron pronto. Y lo peor, es que ellos mismos lo estaban proyectando. El “movimiento venezolano” es tan débil, que las bandas no duran ni cinco años.

No sé, creo que el video fue editado por un infiltrado. Tal vez los Fibonacci no fueron los únicos que planearon un acto de subversión cultural este fin de semana.

El video era triste: La Puta Eléctrica (1995), Agresión (1996), Lucky & los Astrolabios (1997), Los Oceánicos (2001), Master Gurú (2003) y Skin (2004), son un testimonio de lo inconstante del movimiento. Salvando a La Puta Eléctrica (sin discusión, una de las mejores bandas de los 90’s), el resto de los grupos se diluyó hasta casi desaparecer. Lo arrecho, es que lo estaban proyectando frente a todos, sin darse cuenta de que ese video bien podía ser un testimonio de las enormes carencias de la fundación y el festival.

Este año, además, el evento se vio inundado de politiquería barata. Tal como lo hiciera Leopoldo López hace dos años, Freddy Guevara (el concejal con ínfulas de rockstar) se subió a “entregar un reconocimiento al festival”. Y durante las dos jornadas vimos (soportamos) una grotesca cuña de Amnistía Internacional, que parecía producida por los mismos realizadores de 13 segundos. Y un video institucional de Emilio Graterón.

Primera Noche.

El sábado, a golpe de las cuatro de la tarde, arrancó la última edición del festival con White Offens, una banda que toca un rockcito en inglés. El bajista se detuvo un momento a agradecer el apoyo de sus padres (en serio).

Luego MicroCCS, que no es otra cosa que dos miembros de Los Humanoides, hicieron su performance, usando Gameboys, micrófonos Fishersprice, y Nintendos DS para sacar sonidos electrónicos. Luego, Los Humanoides se subieron a hacer lo suyo. Digamos que para la hora caían bien.

Posteriormente se subió Para Llevar, la primera banda participante. Y el nombre les caía como anillo al dedo. Son, en efecto, una banda para llevar: sin personalidad, sin fuerza, sin nada.

Llegaría el momento de escuchar la primera verdadera sorpresa del festival: Tequila and Caroline, cultores el screamo, se subieron para rockear durísimo. Siempre se ha criticado al festival por no darle espacio a las tendencias más oscuras, y por tanto menos comerciales, del metal. Si algo positivo se puede decir del FNB2010 es que, al menos este año, hubo varios representantes de esas tendencias. Tequila and Caroline tienen fuerza en tarima, y saben conectare con el público.

Lebronch seguiría después. Yo ya los había visto en Por el Medio de la Calle, y no me gustaron. Luego del sábado, siguen sin gustarme. Es una más de las tantas banditas de Reggae-ska-loquesea. Si acaso se puede decir que suenan acoplados. Son “chéveres”, como suele decir la gente cuando no hay nada que decir.

Apenas vi las naricitas de payaso de Chupi Lumpi, sabía que algo no estaba bien. Son una banda aburrida, y con su complejo de Amigos Invisibles creen estar haciendo algo nuevo. Ojalá fueran una verdadera sátira al rock, como prometían. Pero lejos de ser cultores del absurdo, son, en realidad, una banda absurda. Y eso no es lo mismo.
Iban por la tercera canción, cuando se empezaron a escuchar los gritos de “mira payá, won”. Fibonacci, montados en una grúa, pasaban frente a la Plaza La Castellana, tocando su música, y demostrando que la verdadera irreverencia no estaba en las naricitas de los que estaban en tarima, sino que se encontraba afuera del lugar.

Yo estaba pegado de la tarima, así que no me pude acercar a verlos. Lo viví como todos los que estábamos allí: como un rumor que alertaba que alguien había decidido pintarle una paloma así (Rodo [Viniloversus], dixit) a Félix Allueva y su actitud excluyente. Estando ahí, les puedo decir que nadie del público se lo tomó a mal. Los único que censuraron la actitud de Fibonacci fueron, vaya paradoja, los supuestos alternativos de Corriente Alterna, quienes a través de su Twitter expresaron su indignación por la actitud de la banda. De resto, la gente se acercó, los escuchó, les tomó fotos, y el que no quiso, o no pudo, se quedó escuchando a Chupi Lumpi sin problemas. El cuento completo, ya lo contó Sergio M. Ahora, sólo resta esperar el video.

Continuó la noche, y llegaría la mejor presentación: la de Alfombra Roja. No conocía nada de esta banda, y creo que casi ninguno de los presentes en la plaza habíamos escuchado nada sobre ella. Realmente fue agradable descubrir un grupo así. Sin mayores pretensiones, Alfombra Roja es rock, puro y duro. Tiene un cierto aire a Queens of the Stone Age y The Pixies; y aunque el cantante sobreactúa un poco en tarima, hay que decirlo: suenan geniales. Ojalá se respeten como banda y decidan seguir más allá de todo lo que pueda rodearlos al ganar el festival.

Terminaba la parte competitiva, y luego de Los Tomates Fritos, empezaría el Homenaje al Rock Nacional con Absolut, una banda formada exclusivamente para esa noche, conformada por: Carlos Reyes (Chucknorris, Ex Claroscuro), Gustavo Guerrero (Ex Cunaguaro Soul), Pavel (Caramelos de Cianuro), y Claudio Leoni (Chucknorris), y nombrada así por la marca de Vodka, uno de los patrocinadores del evento.

El primero en subir fue Carlos “Frezza” Mata, vocalista de Subsonus, quien versionó temas de Claroscuro, La Muy Bestia Pop, La Leche, Pacífica, y cerró con una enorme versión de Fe, de Candy 66.

PTT Lizardo, vocalista de La Misma Gente le siguió, cantó Uñas Asesinas de Seguridad Nacional, y verlo fue triste. Creo que era la viva estampa del rock nacional. Lo más triste eran las burlas entre el público.

Al bajarse Lizardo, se vino Horacio Blanco, el rey de las contradicciones. Al montarse en la tarima se lanzó un discurso, dijo que a sus quince años había formado una banda con la intención de ridiculizar al poder. Dijo que era un acto de valentía porque ellos (Desorden, Sentimiento, y los demás) no sabían las consecuencias de eso. Y cantó Descargar de SM, y Políticos Paralíticos, momento que aprovechó para lanzarse al público. Quisiéramos creerle, pero todos sabemos que eso JAMAS lo hubiese hecho en alguno de los actos oficiales a los que suele ir siempre como invitado regular, y dejando atrás la ridiculización del poder, que se quedó en su quince años.

Posteriormente vendría otro que se vendió por poco. Azier, ataviado con unos pantalones rojo-tubito-marcapaquete, a versionar un tema de La Puta Eléctrica, y cantar El Martillo de Caramelos (sin cianuro). El cierre de la noche, fue con Terrenal, a cargo del propio Gustavo Guerrero.

Segunda Noche.

No pude llegar al toque de Bioshaft, Los Paranoias se montaban en tarima, mucho antes de la hora prevista, haciendo una buena presentación.

Rawayana empezaría el segundo día de competencia. Junto a Lebronch, siguen la senda del reggae sin personalidad. Y aquí, otra vez, apostando a la payasería como supuesta irreverencia. Suenan bien, eso sí. Tienen una percusión al fondo, que les da un sonido algo diferente.

Las Locuras de Tomasito: Wanabbe Candy 66, con un vocalista que se cree la gran vaina, y otra vez, con una irreverencia impostadísima.

Prozak, dicho por ellos mismos: Metal, monte y culebra.

Agonía, en cambio, fue otra cosa. Tal vez porque esos adolescentes, que se parecían más a Los Jonas Brothers que a las dos bandas predecesoras, no daban la impresión de que iban a hacer lo que hicieron en tarima. Fuerza en escena, entrega total con el público, cero pose. Junto a Tequila and Caroline, fue de lo mejor que hubo en el festival. Claro, que quienes prefieren a las bandas chéveres nombradas arriba, los criticaron. Yo celebro la espontaneidad que tienen y espero que sigan trabajando.

La última banda en competencia fue Merlot, de quienes había escuchado maravillas. Maravillas que no se vieron por ningún lado. Se justificaron después, en la rueda de prensa, diciendo que habían tenido fallas con la electricidad. Pero nada, no tienen mucho en tarima, y musicalmente no suenan bien.

Cerraba la competencia, y en una muestra de incoherencia bárbara, montaron a El Arca de Noel, acompañados por Hana Kobayashi. El resultado era de esperarse: a la gente no le gustó, e incluso empezaron a decirles “vete ya”, siguiendo el ritmo de una de sus canciones. El asunto es que El Arca suena bien, y Hana Kobayashi es una buena cantante, pero se equivocaron de público. Tal vez si los hubieran puesto a cerrar el sábado… Destacable, la actitud de Kobayashi ante el rechazo del público: la chama se lo tripeaba, y seguía cantando.

Anunciaron la banda ganadora, y afortunadamente, Félix Allueva no la volvió a cagar. Ganó la que fue, sin duda, la mejor banda. Apuesto por ella. Tienen en sus manos la posibilidad de ser algo, o terminar como las bandas del video, o como los caramelos. De ustedes depende. Lo mismo para Agonía y Tequila and Caroline.

Finalmente vino el video ya mencionado al principio, durante el cual se alternaban actuaciones de los pocos sobrevivientes del festival. De ellos se puede destacar a Liqüet, quienes tocaron con Jean Carlo De Oliveira (Candy 66) como cantante. La propia Candy 66, quienes como siempre saben darse duro en escena. Y finalmente, Viniloversus y La Vida Boheme, las dos bandas que, con todas sus contradicciones a cuesta, ya señaladas en este espacio, siguen siendo, sin embargo, las dos propuestas más honestas de la actualidad.

¿Conclusiones? Se las dejo a ustedes.



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lunes 19 de julio de 2010

Bohemian like you (¿Homenaje a Adriano González León?)

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"I'm getting wise, and i'm feeling so Bohemian like you."
Bohemian like you - The Dandy Warhols




¿Cuántos cuentos comienzan con la palabra “Caracas”?

Deben ser miles los escritores, y aspirantes a serlo, que han comenzado una narración refiriéndose a la ciudad. Es tan fácil.

Iba a comenzar esta crónica con la misma palabra, hasta que un alerta me lo impidió. Fue la música de Ricardo Arjona que salía del cubículo de mi compañero de trabajo. El pana estaba escuchando la canción del taxista (que no sé como se llama, y no me voy a molestar en googlearla). Iba por la parte en la que el tipo dice que zigzagueaba en Reforma, y la tipa le dice que se llama Norma, y cruza la pierna. Ya saben, esas rimas sin sentido de Arjona. Creo que esa canción es la misma en la que el carajo rima mejilla con pantorrilla, y que termina con el taxista cepillándose a su pasajera en la alfombra, mientras le besa la sombra :-D

Bien, al oírlo me di cuenta que estaba a un paso se postear una tétrica crónica caraqueña. Una de esas postales, medio rudas, medio cursis, como la película de Cuarón, en las que personajes soñadores pasean por el caos capitalino, y terminan a medio camino entre el cumplir sus sueños y salir decepcionados. Es casi un subgénero en nuestra literatura, y si algo bueno tienen los blogs, es el poco respeto que sientes los bloggers por ese tipo de escritura. Porque los blogs son escritos por verdaderos caraqueños, quienes realmente sufren la ciudad, y no tienen tiempo para construir postalitas pseudourbanas.

Así que terminé agradeciéndole a mi compañero el evitarme escribir una crónica que se pareciera a una canción de Ricardo Arjona. Esta, es una historia distinta. Es, en primerísimo primer lugar, una respuesta a otra crónica. Y en segundo lugar, es la historia de Susan.

Susan, el único apodo razonable para ella. Así la llamo, como su escritora favorita. Y también para evitar ser “poco elegante” como ella misma me exigió un día, cuando andaba ventilando intimidades en las redes sociales, víctima de eso que en un cuento escrito por mí mismo califiqué de: “extraña necesidad de impostar la espontaneidad e irreverencia” (vaina tan soberbia, esta de auto-citarme :-) )

Bien, Susan y yo acordamos ir al sitio dónde murió Adriano González León. El objetivo era homenajearlo y tomarnos un trago en la misma silla donde murió.

Caracas es la ciudad donde toda historia gloriosa tiene su inicio, su desarrollo, o su final, en un centro comercial, o en un Mc Donalds. Son los enclaustrados sitios de consumo, los escenarios donde se desenvuelven los caraqueños (sanantoñeros), católicos (ateos), de la clase media (tirando a baja). Es decir, la white trash de Venezuela. La versión venezolana del sitio dónde Eminem compuso sus primeros raps. Ahí, con gusto, me ubico yo.

Ahora ubíquenme en la fila del restaurant, detrás de unos niñitos que tienen una hora pensando cual de las tres versiones de cajita feliz quieren. Figúrenme maquinando mil teorías sobre el padres de los niños, que se nota, es primera vez que saca a pasear a los pequeños. Llega Susan, vestida de morado, con la sonrisa deforme que, a la distancia, le da la apariencia de ser una niña traviesa. Mientras se acerca tengo fantasías sobre ella: la imagino como una niña de cinco años, colada en el consultorio de un veterinario, jugando con un gato mestizo, y robándose unas tijeras quirúrgicas, que en sus manos, se convierten en tijeras de peluquera. Y entonces toma al gato, y empieza a cortarle un poco de su pelaje, con miedo, pero también con la curiosidad que tienen las niñas cuando quieren ver que tan lejos pueden llegar al atreverse a algo nuevo. Y entonces el gato la mira, se le acerca y le dice: Hola, John.

Yo ni siquiera la beso, pero ella cree que la besé y que le susurré algo al oído. Ella suele creer muchas cosas, a veces son verdad.

Salimos del Mc Donalds del Rosal y bajamos hacia Las Mercedes. Entrar en la principal de las mercedes un día de semana, es como entrar a cualquier avenida. Si no fuera por algunos sonidos aislados provenientes de voces afectadas, típicamente caraqueñasdeleste, uno no notaría la diferencia entre ésta calle, y cualquiera del centro de la capital.

En el trayecto hago comentarios sobre los huecos que Gerardo Blyde no ha tapado, y por estar viendo uno de los huecos, un auto me roza la pierna, y Susan, sólo alcanza a decirme que tenga cuidado, aunque sé que en el fondo se ríe. Yo también lo haría.





Conseguir el Amazonia fue una pequeña odisea. Una odisea extraña, nada romántica: no venimos de una guerra, Penélope no nos espera, y ese vigilante que nos dijo “caminen por ahí, payá, hastayá, y sigan haciayá, y cuando lleguen allá, entonces cruzan y se vienen como si vinieran pacá”, no es Palas Atenea, y no nos está ayudando.

Luego de un buen rato perdidos, llegamos al Amazonia Grill. Nos sentamos en la barra, y de inmediato me sentí en una reunión del CEN de Acción Democrática. Semanas después, descubro con beneplácito que el sentimiento es mutuo, y que Susan también se sintió entre adecos.

El estar ahí me hizo entenderlo: en el siglo XXI estamos condenados a no tener poesía. Si Adriano, y todos sus amigos de la República del Este se sintieron bohemios en Caracas, fue porque crecieron en una Caracas distinta a la nuestra. Una Caracas romántica, y dulcemente poética. Veo a mi alrededor y veo a unos tipos que bien pudieran ser mis abuelos, pero que no tienen la gracia de los abuelos, ese cariño aleccionador que los hace seres entrañables. Aquí no hay poesía ni bohemia, hay tristeza. No digo “nostalgia”, porque en el Amazonia no se respira nostalgia, se respira, algo muy parecido a lo que se respira en las películas de Herzog: un cierto aroma a findemundo, a apocalipsis, a estoselollevóquienlotrajo.

Así que sólo hay dos opciones: la ironía o el desencanto. Yo opto por la primera, y Susan se irrita.

El barman nos contó que Adriano murió tomando jugo de tomate en la silla donde yo estaba sentado.

Al momento recordé que le había prometido a Susan que yo traería País Portátil, pero se me había olvidado. Según ella grité: ah, vaina, se me olvidó el libro. Ya no importa, me dijo ella. Y nos fuimos a un centro comercial.

Que nos perdone Adriano, pero no podemos homenajearte si la ciudad en la que viviste ya no existe, si somos los hijos de una generación que nada tuvo que ver con la tuya y que más bien, desprecia todo lo que tu gente construyó. No tengo la fuerza de los chamos de relectura, para reconstruir una época que pasó, y que ya no volverá.

No volverá ésa Caracas, ni esa Venezuela. ¿No lo ven?, aquí hay emoticones, ¿se imaginan los textos de la República del Este con emoticones?

Susan, romántica, optimista, y bella, como sólo pueden serlo las mujeres jóvenes que creen en el futuro, se sintió mal por no poder completar el homenaje. Yo no, la Caracas de Adriano es portátil y se la llevó el pana al momento de morir. Es una ciudad derretida.



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sábado 17 de julio de 2010

Panfleto Negro cumple hoy 11 años

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Días después del 11 de septiembre de 2001, cuando Estados Unidos fue objeto del mayor ataque terrorista de su historia, la escritora Susan Sontag, publicó un increíble artículo, en el que cuestionaba la retórica belicista y alejada de la realidad, del gobierno de su país.

Luego de publicado aquel texto, primero en The New Yorker, y luego reproducido en otros medios, Sontag fue objeto de múltiples repudios por sus palabras. La escritora ejercía una de las libertades que supuestamente envidiaban los terroristas que organizaron aquellos lamentables atentados: la libertad de expresión.

Un año después, Sontag publicó un artículo, aún más duro, en el que señalaba: "Todo ello inscrito en la tradición solemne del antiintelectualismo estadounidense: la suspicacia ante el pensamiento, ante las palabras. Y sirve muy bien a los propósitos del gobierno actual. Ocultos tras las patrañas de que los atentados del 11 de septiembre pasado fueron demasiado horribles, demasiado devastadores, demasiado dolorosos, demasiado trágicos para las palabras, que las palabras no podrían de ningún modo hacer justicia a nuestra pena e indignación. Nuestros dirigentes cuentan con la excusa perfecta para envolverse con palabras prestadas despojadas de contenido. Decir algo podría resultar controvertido. De hecho, quizá podría derivar en una suerte de declaración y por lo tanto invitar a la refutación. Lo mejor será no decir nada." (pagina 132 de Al mismo tiempo. Susan Sontag. Ramdon House Mondadori)

Susan Sontag se enfrentó, durante los últimos años de su vida, a uno de los grandes prejuicios que ha acompañado cierto discurso antiintelectual y antiperiodismo: la idea de que la crítica y el disenso es un acto de violencia.

Algunos, parece que no entienden la diferencia entre crítica y psicoanálisis. Cuando uno va al psicoanalista, lo hace para sentirse bien, y es válido. Cuando uno lee un periódico, no. El periodismo (asumiendo que el ejercicio de la opinión es, de alguna forma, parte o producto del mismo) no debe hacen sentir bien a nadie, su función es la de describir lo que pasa, procurando no añadir ni quitar nada, aún cuando sabemos que la objetividad es una utopía.


Click aquí para leer el artículo completo en Panfleto Negro.

jueves 15 de julio de 2010

Sobre el frikismo

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El que diga que nunca hizo lo que Jim Carrey hacía todas las mañanas al despertarse, en la obra maestra de Peter Weir, The Truman Show, es un mojonero.

Todos nos hemos puesto a hacer caritas raras frente al espejo en las mañanas. Todos nos hemos hecho el peinado punk con champú. Y todos nos hemos acercado alguna vez a una cámara de video/foto para grabarnos/fotografiarnos haciendo payasadas.

En Youtube, existe algo que pudiéramos llamar la estética de la estupidez intimista. Una lista gigantesca de videos, de gente común y corriente, haciendo idioteces para figurar. Desde la caída de Edgar, pasando por Yasuri Yamileth, hasta llegar al tipo éste que sale desnudo en un video "romántico".



Hay, no lo nieguen, una placer enorme en verlos. Tal vez, porque veamos en ellos a ese sublime payaso que todos llevamos dentro. Tal vez, porque las horas en la oficina son más llevadera luego de enfrentarnos a algunos minutos de frikismo involuntario. Tal vez, por morbo. Tal vez, porque sabemos que darle miles de visitas es la forma más cruel de burlarnos de ellos.

Acabo de ver el nuevo video de Nelly Furtado, perteneciente a Bajo Otra Luz, el mejor tema de su último disco, Mi Plan, y me ha pasado lo mismo. Es tan malo, que es bueno. Es tan... Que es imposible tomárselo en serio.

Enjoy.



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jueves 8 de julio de 2010

El secreto de sus ojos

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La primera vez que la vi, me gustó un poco, no mucho, pero algo. No me pareció una obra maestra, y tampoco la creía merecedora del Oscar a Mejor Película Extranjera que ganó este año. De hecho, comparada con La Cinta Blanca de Michael Haneke, La Teta Asustada de Claudia Llosa, y Un Profeta de Jacques Audiard, claramente, salía como la peor del conjunto.

Claro, que al ver las otras cintas nominadas (haciendo la salvedad de que no he visto Ajami) uno entiende por qué ganó esta película. Es una cinta correcta (correctísima), no muy incómoda, nada polémica y bien ajustada a esa corrección política que lamentablemente ha movido en los últimos años a la Academia a premiar cintas en su mayoría inofensivas e inocuas en la categoría reservada a las películas de habla no inglesa. Basta darle un vistazo a las premiadas en este renglón durante la última década para encontrar, en su gran mayoría, películas blandas, qué aunque excelentes en su realización, no dejan de ser correctas y complacientes con el público.

Un breve repaso

En algún lugar de África (2002) y Los Falsificadores (2007), son dos películas dedicadas al horror nazi, con un enfoque conservador, que no aportan mayor cosa, ni desde el punto de vista histórico, ni cinematográfico. Las invasiones bárbaras (2003), Mar adentro (2004), y Despedidas (2008), son dramas intimistas, igualmente inofensivos y nada incómodos o innovadores. El tigre y el dragon (2000), es la incursión de Ang Lee en el wuxia, a mi juicio es buena, pero nada del otro mundo. Mientras que Tsotsi (2005), cuenta una historia de redención, enmarcada en una suave denuncia de la pobreza y violencia en Sudáfrica, que acaba con un final feliz y tranqulizador.

Tal vez las únicas excepciones a la regla las constituyan Tierra de nadie (2001), la maravillosa película de Danis Tánovic; una extraordinaria disección de la guerra de los balcanes, incorporada por dos soldados de bandos contrarios, obligados a sopotarse luego de caer atrapados en medio del conflicto. Una visión distinta, y ciertamente atrevida sobre los conflictos bélicos, alejada de maniqueísmos, y permitiéndose mucha ironía. Y La vida de los otros (2006), la excepcional cinta de Florian Henckel von Donnersmarck, uno de los retratos más certeros sobre el totalitarismo que haya hecho el cine en mucho tiempo.



El secreto de sus ojos (2009, Juan José Campanella) es una película plana, predecible, y sobre todo, mecánica. Demasiado pensada, calculadora y manipuladora. Al verla la primera vez, hice algo estúpido: la comparé con las películas venezolanas, y en ese examen, salía bien parada. Pero la película de Campanella no soporta una segunda mirada, y menos aguantará el paso del tiempo.




En 1999, Benjamín Espósito (correcto Ricardo Darín), un gris trabajador de tribunales, se jubila. Buscando que hacer con su tiempo libre, decide escribir una novela sobre un caso que llevó en 1974. Por azar y burocracia, a Espósito le tocó investigar la violación y brutal asesinato de una joven. Una vez que se adentró en las investigaciones, empezó a relacionarse con Ricardo Morales (Pablo Rago), el viudo de la víctima, quién quedó desolado, ya que la amaba profundamente. Conmovido por la devoción de Morales hacia su fallecido amor, Espósito le promete encontrar al asesino, y levarlo ante la justicia para que le den “cadena perpetua”. Con la ayuda de Pablo Sandoval (un extraordinario Guillermo Francella) su asistente alcohólico, aunque brillante, Espósito emprende una búsqueda indagando en la vida de la occisa, y descubriendo que un hombre siempre estuvo obsesionado con ella. Además, Espósito deberá lidiar con la presión de su nueva jefa, Irene Menéndez (unidimensional Soledad Villasmil), de la que está secretamente enamorado.

Hasta ahí todo bien, la trama se desarrolla siguiendo el ABC de toda película policial. Pronto, el asesino, Isidoro Gómez (el español Javier Godino, a quién se le sale el acento y la sobreactuación durante todo el metraje) es encontrado, en una inverosímil aunque espectacular secuencia que se desarrolla en un estadio de fútbol, y luego de ser interrogado por Espósito y Menéndez, confiesa su crimen y es encarcelado. Pero el giro se da después, cuando al poco tiempo, Gómez es liberado por el gobierno peronista, y hasta se convierte en guardaespaldas de Isabel Perón, en un giro que bien pudo servir para que la película tomara un interesante rumbo de thriller político, pero que aquí es, cuando menos, absurdo.

De ahí los personajes supuestamente descienden al infierno: Irene se casa, Espósito no se atreve a confesarle su amor, y se conforma con verla en brazos de otro. Sandoval es asesinado. Y Morales no sabe qué hacer para seguir con su vida porque no puede olvidar a su amada, y supongo que ya se imaginan lo que hará este personaje: vengarse.

El secreto de sus ojos, es una película fría y carente de alma, aunque de manera irritante presume de un supuesto aire trágico y melodramático. La historia de amor entre Menéndez y Espósito es supuestamente triste, pero en realidad resulta infantil, tonta, y carente de emoción. Además, la escasa química entre los actores y lo calculada de las situaciones en las que se ven involucrados, hacen que permanezcamos indiferentes ante su supuesta tragedia de amor.

Las escenas que resaltan por su pericia técnica y artística: la persecución en el estadio, la despedida en el tren, y el asesinato de Sandoval, son rápidamente opacadas por otras secuencias mal (ma)logradas y algunos aspectos que desmejoran la producción. Por ejemplo: las escenas románticas entre Espósito y su jefa, el momento en que Espósito descubre cual fue el verdadero destino de Gómez, y el lamentable trabajo de maquillaje. Especialmente, este último aspecto: Las canas de Darin cambiaban de color en cada escena, y cerca del final, más que envejecido, Gómez, parece haberse practicado una quimioterapia.
Una muy desacertada dirección de actores, hace lucir a los intérpretes demasiado acartonados y sin vida. Aunque la culpa también puede ser del guión, plano, lleno de obviedades y de personajes anodinos. Cero profundidad psicológica, y mucho arquetipo telenovelesco.

Sumémosle un final de doble rasero y absolutamente moralista, en que el asesino es torturado durante décadas, ante la indiferencia de Sandoval, que decide alejarse; mientras que los amantes, por fin, se confiesan sus sentimientos, en un final cursilísimo.

Choronguismo, le llaman en Argentina.
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miércoles 7 de julio de 2010

Los perdedores habituales

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Pocas cosas son tan tristes como ser una eterna promesa, es como ser una perspectiva sin límite, algo que siempre puede ser, pero que nunca es. La base de mucha de la retórica política es esa: tener a los ciudadanos en la eterna esperanza de que las promesas se cumplirán, aunque en el fondo, todos sabemos que jamás será así. Es como los evangélicos (testigos de Jehová, y demás etcéteras) que cada cierto tiempo anuncian el fin del mundo y la llegada de Cristo, pero ésta nunca se concreta. Cristo se queda en el cielo al que supuestamente levitó después de resucitar y decide postergar indefinidamente su venida.

Lo que hace triste a las eternas promesas es la expectativa que crean. No es lo mismo que nunca se espere nada y que nada pase, a que nada pase esperando algo. Hay un dejo de decepción, no sólo por el incumplimiento de lo prometido, sino por lo sostenido de ese incumplimiento. Porque para que haya una promesa eterna tiene que haber un expectante eterno, un eterno creyente, un evangélico lo suficientemente ingenuo como para creer que cualquier estúpida coincidencia matemática en el curso del tiempo (la llegada del 2000, el 06-06-06, el 07-07-07, el 2012 de los calendarios mayas, etc), es una señal divina que debe llevar a que le preparemos té y galletitas al señor Jesús, para que no se sienta mal recibido.

Hay en los eternos creyentes algo de patetismo y algo de grandeza, como en todos, seguramente. Son patéticos en tanto a que son víctimas de su ceguera, de su falta de sentido de la realidad. Son tan testarudos como un tipo de 70 años dispuesto a seguir creyendo en el comunismo, a pesar de que la realidad le ha demostrado a generaciones y generaciones que esa tesis política es un rotundo fracaso. Pero ellos se paran allí, frente a las ruinas del muro de Berlín y dicen: en realidad no fue que lo tumbaron los ciudadanos cansados del autoritarismo, lo que pasó es que tenía un problema en las bases; hay que construir un muro más fuerte. Y uno, que los ve a la distancia, no puede menos que sentir pena ajena por ver a un carajo tan decididamente soberbio, tan incapaz de reconocer sus propios errores.



Pero contradictoriamente, hay en ellos algo admirable. Cuando los eternos creyentes dedican su afán y testarudez a algo más inofensivo que la política o la religión, casi siempre suele ser a algo noble. Un amor que se les niega, un artista comprobadamente no talentoso, un fanatismo deportivo. Dice uno de los personajes de El Secreto de sus Ojos, la irregular película argentina ganadora del Oscar, que un hombre puede renunciar a lo que sea menos a su pasión. Y luego agrega: se puede cambiar de novia, de trabajo, de casa, de ropa, pero jamás de equipo de fútbol.




La selección española de fútbol es una eterna promesa, y sus fanáticos son sus eternos creyentes, sus evangélicos, pues. Desde siempre en mi casa he tenido que lidiar con un eterno creyente, mi papá. Lo recuerdo en el 94 maldiciendo a los italianos, qué con un gol milagroso de Roberto Baggio, casi al final del partido, dejaban fuera a la furia roja. Lo recuerdo en el 98, cantando la enorme goleada que los ibéricos le propinaron a Bulgaria, y luego mentando la madre de Paraguay, que en paralelo ganaba su juego, dejando a España sin posibilidades matemáticas de pasar a los octavos. Pero sobre todo lo recuerdo en 2002, desgañitado frente al televisor, botando fuego por la boca contra “esos malditos árbitros de mierdaaaaa” que con sus ciertamente desacertadas decisiones dejaban a España eliminada en cuartos, ante la dudosa Corea del Sur, que se metió en penales, luego de que le anularan DOS goles a España. Luego vino 2006 y la lamentable soberbia de Raúl declarando en la prensa: “le vamos a firmar la carta de retiro a Zidane”. Sobre eso papá nunca dijo nada, o al menos no lo recuerdo; creo que papá estaba atravesando por la crisis de la religión, ese momento en que el comunista dice: coño, ¿será que estoy equivocado y estoy apoyando algo incorrecto? Pero el escepticismo se le fue al poco tiempo, vino la Eurocopa de 2008 y por fin papá pudo celebrar un campeonato de su selección. Pero no era el mundial, como me dijo cuando compartimos un trago esa noche, en la que hasta ese primo mamagüevo al que no veíamos en años vino a la casa para ver el partido.

Hoy, cuando España clasificaba a la final, confesaré que lamenté mucho que papá no estuviera conmigo para ver el partido. Yo nunca me he llevado bien con mi papá, ni con nadie de mi familia; pero hace un rato superé la etapa adolescente de ‘odio a mis padres’ y he pasado a una etapa más amable, que bien pudiera llamarse ‘vamos a tratar de entender a mis padres’.

Este mundial ha sido genial. Brasil se fue, por segunda vez consecutiva los brasileros tuvieron que empacar en cuartos y debieron meterse la arrogancia por el culinho. Argentina (el equipo de mi familia materna) también se fue, y nos evitamos ver a Maradonna desnudo; también eso dio pie a que los perdonavidas de siempre salieran a pisotear la dignidad del astro argentino y a darse baños de moral con su humillación*. Se fue Italia, uno de los campeones más inmerecidos de mundiales recientes. Salió Inglaterra con su juego paupérrimo y lastimoso, y con Rooney, otro que se tuvo que meter la soberbia por el ass. Nos despedimos de Domenech, el inmerecidísimo seleccionador de una de las mejores —si no la mejor— generaciones que haya habido de jugadores franceses. Fue el mundial en que Cristino Ronaldo demostró —¿hacía falta que lo demostrara?— que es un bluff publicitario, una bomba de jabón, dispuesta a desaparecer ante el primer vientico. Javier Aguirre también se fue, y la cursi publicidad que hizo correr antes del mundial, en la que ridículamente comparaba la gesta independentista mexicana con la supuesta gesta heroica que habrían de protagonizar sus muchachos en Sudáfrica, quedó para las risas de Youtube. Es una gran ironía que en un mundial marcado por las pésimas decisiones arbitrales, se hayan hecho tantos actos de justicia poética.

Sólo fueron lamentables tres cosas. 1) Que Suramérica, luego de una fantástica primera ronda, haya perdido su impulso inicial siendo eliminados cuatro de sus cinco equipos en cuartos de final, luego de haberlos clasificado a todos, cuatro de ellos como primeros de grupo, cosa inédita en la historia de los mundiales. 2) Ghana, la selección africana que tan tristemente quedó fuera del mundial. Particularmente lo ocurrido al jugador Asamoah Gyan, es una de esas cosas que marcan la historia del deporte, como el autogol de Escobar, el penalti que Goicoechea no pudo parar en la final del 90, o el penalti errado por Baggio en la final del 94. 3) Uruguay, selección a la que La Vinotinto le propinó la goleada más arrecha que le hayamos propinado a algún equipo en eliminatorias mundialistas, y por tanto la selección indirectamente culpable de la onda de exagerado optimismo que a veces invade las páginas de las secciones deportivas de los medios venezolanos (ji ji ji). Fue un gran equipo, lo dio todo, y perdió de pie, con ganas. Realmente lamenté su salida, porque aunque simpatizo con Holanda, los uruguayos merecían la final. De resto, he disfrutado este mundial más que cualquier otro. Aún con el exceso de empates al principio.

Ah, otra cosa tremenda de este mundial ha sido Twitter. No sé como será en otros países, pero en Venezuela el mundial no ha sido el mismo desde que Twitter existe. Los comentaristas de la televisión venezolana, quedan desnudos ante el poder desmitificador de la red social. Los desaciertos de Meridiano TV, las cursilerías de Cristóbal Guerra, la absurda noticia de la muerte de Simón Díaz que irresponsablemente anunció Meridiano, la ridiculez de la presentación de Venevisión, las inmamables piezas publicitarias que presentan y despiden los partidos, la pesadez del fastidioso Osman Aray, el Wannabismo de la Plaza Alfredo Sadel, los tétricos comentarios de César Farías, la cancioncita de Shakira, el horrendo remix que David Bisbal hace del tema de K’naan, los errores narrativos de Manolo Dávila, la lastimosa transmisión de Tves (que, por cierto, casi nadie está siguiendo, causándoles pérdidas patrimoniales al estado al no ser rentable), en resumen, toda es tragicómica forma de ser de cierto periodismo deportivo venezolano, ha quedado destrozada y sin piedad por los Twitteros venezolanos, quienes con la fuerza que les permite la inmediatez, han sabido mostrar las enormes carencias de los periodistas del área. No sé ustedes, pero sin Twitter yo no me habría tripeado este mundial como lo he hecho.

Después del partido papá me llamó, y emocionado como un carajito, con ese acento gallego qué 42 años viviendo en Venezuela no le han quitado, me dijo que también lamentaba que no estuviera con él para ver el partido. Así que el triunfo español me alegra, no sólo porque le hincho a España, sino porque me gusta ver que a veces los creyentes tienen razón. En serio. Si algún día se comprueba que Dios existe yo, en mi corazón de ateo, lo celebraré. Pero quiero pruebas concretas y comprobables, por favor.

Este domingo será una final para los creyentes de siempre, gane quien gane, será una campeón inédito, y además, será España u Holanda. Holanda, otra promesa eterna, otro equipo que siempre dice cada cuatro años “ahora sí, vamos a dar la sorpresa” y nunca la da. Yo, sobra decir, le voy a España, aunque suene asquerosamente cursi, porque quiero ver a mi papá celebrar un campeonato del mundo antes de que muera. Y también porque me gusta cuando alguien que nadie espera que gane, gana y le calla la boca a todo el mundo. Como la Eurocopa de Grecia en 2004, es lo que espero que algún día pase con La Vinotinto, que clasifique a un mundial contra todos los pronósticos. Y es lo que siempre espero, que el gallo con lentes del salón se pare de su pupitre y le reviente la cara a trompadas al matoncito de la clase, y además, se dé los besos con la chama que siempre le ha gustado, pero que prefiere empatarse con el matoncito.

Afortunadamente Manolo el del Bombo se recuperó y logró llegar para atemperar un poco el sonido de las vuvuzelas.






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martes 6 de julio de 2010

Lo Esencial...

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"¿Te llevaste mis Puchi?"

"¿Eso es un balón con pelos"

"Atrevidita como mi mamá"

"Azule como la squadra.. colore de la dolce vita" (Y todos los defasados stereotipos de a cuña esa de la pintura)

"Erre Ese Ventiuno yucanflaiiiiiii"

¿Qué lejos está la publicidad venezolana de producir piezas como la de arriba, verdad?


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domingo 27 de junio de 2010

Por el Medio de la Farsa

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Este año volví a PeMdlC con toda la intención de mantener la buena vibra, como dicen los cantantes de reggae. Pero babilonia se encargó de llevarse esas buenas vibras, como si fueran el humo de un porro que se escapaba con el viento.


Desde los organizadores hasta el público asistente saben la verdad: PeMdlC es una ficción, un momentum, una representación idealizada de la ciudad que sólo dura unas horas y en la que todos participamos de un juego de rol. Las autoridades juegan a la tolerancia de cara a conquistar la simpatía electoral, especialmente de los jóvenes. Por eso la policía se hace de la vista gorda ante ciertas actitudes que están prohibidas el resto del año. Por unas horas se puede beber caña en la calle, incluso te puedes fumar tu cacho de monte sin rollo. Por unas horas los emos, los rapers, los punk, los whatever pueden caminar tranquilos por las calles de chacao, sin ser perturbados. En cambio, en el festival de la lectura, a unos emos que estaban echados en el piso de la Plaza Altamira, los desalojaron violentamente. La Policía de Chacao es muy buena en eso de hacer el trabajo sucio, la profilaxis social es la norma en el ayuntamiento de Chacao, así era en tiempos de Leopoldo y así es en tiempos de su delfín Graterón. Pero por unas horas todos pueden usar su look beatnik y jugar a que esto es Paris en los sesentas, o mejor, a que esto es Barcelona y que todos somos modernos.


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sábado 12 de junio de 2010

FIA 2010, crónica de un inculto

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Curadora de arte: La obra de su esposo es lo que llamamos "Arte externo", puede ser creado por un paciente psiquiátrico, un campesino o un chimpancé

Homero Simpson: Ohhh en la preparatoria fui elegido como un futuro paciente psiquiatrico campesino chimpancé.


El arte se enclaustra, se aísla y se queda encerrado en un lujoso hotel del este caraqueño. Para llegar a la Feria Iberoamericana de Arte 2010 (FIA 2010) hay que subir en taxi hasta el Hotel Tamanaco Intercontinental, hay que pagar entrada y hay que soportar que los vigilantes desplegados a lo largo de la muestra te miren con como si no pertenecieras allí.

Una vez en la puerta comienza el panorama a hacerse claro. Puros viejos encorbatados y empaltosados, pura viejas con medias de naylon sudadas y zarcillos enormes que le llegan hasta los hombros. Fui con una amiga, estudiante de arte en una universidad caraqueña. Ella llevaba los cuadros trabajados en su clase de pintura, y al entrar nadie se molestó en decirle nada. A la salida, viviríamos una desagradable experiencia por cargar con los cuadros encima.



Apenas al entrar salta la primera contradicción: Supercable tiene un stand en la entrada, en el que dos mamis explotadas, vestiditas con licras que dejan verle el culote y las piernotas, te ofrecen el paquete promocional para ver el mundial en Alta Definición. A mano izquierda una contradicción más, un pasillo dedicado a la obra del Gobernador Henrque Caprles Radonsky, curiosamente parecida a las promociones de Mercal.

No deja de ser triste que quienes organizan este evento son los mismos que acusan al arte patrocinado por el estado de estar lleno de propaganda. Desde que entramos, lo único que hay es propaganda, de la Gobernación de Miranda, de la Alcaldía de Baruta, de Supercable, de Seno Salud, de los libros de El Nacional… Por momentos siento que estoy en expofranquicias.





Adentro sigo sintiéndome raro. Todos los asistentes bien parecen sacados de las fiestas de Canache Mata, vuelvo a los noventa, estoy en una romería blanca. Estos señores me recuerdan lo peor de este país, desfilan con cara de entendidos frente a las obras, preguntan precios y prometen pasar después a comprar. En las esquinas hay gente abriendo botellas de Whisky, todos estirados conversan entre ellos, se ríen de sus propios chistes y nos miran con desprecio. Entonces me doy cuenta, G y yo somos los únicos con blue jean y franela, todos los demás están vestidos en su onda de “dama de sociedad” y “señor de buenas costumbres”. De hecho, podría jurar que una de estas viejas fue jurado del Miss Venezuela el año pasado.



Las obras no me importan. Tal vez es porque me falta teoría, tal vez es porque no tengo sensibilidad para el arte, pero lo cierto es que me parece un contrasentido ver un cuadro de Frida Kahlo en un sitio que, si Frida estuviera viva, lo quemaría vivo con ayuda de su esposo Diego Rivera.

Allá hay un colombiano que exhibe una obra en relieve que al verla de lejos forma la cara de Mao. WTF?????????? Por allá hay un Wannabe venezolano de Andy Warhol, convirtiendo un paquete de harina pan en un remedo chimbo de la lata de sopa Campbell.

Más allá está la transgresora obra de Nelson Garrido, pero luce inofensiva en el recinto, nadie se siente provocado por las poderosas imágenes del fotógrafo Garrido, verlo aquí es tan chimbo como verlo en la edición aniversario de Todo en Domingo.

Por acá una obra en 3D, más fraudulenta que cuando Venevisión lanzó su experimento de TV en tercera dimensión, al ponerte los lentes no ves un carajo, pero todo insisten que sí, que es vanguardista.



Más para allá el stand de la fundación Cisneros, con un televisor que presenta la publicidad de la mentada fundación. Otra vez la farsa de la responsabilidad social, el mecenazgo y la imagen de los Cisneros como supuestos benefactores de la sociedad. En realidad son unos tracaleros, hoy aliados con el gobierno que se encarga de destruir su competencia (Polar ®) para que puedan seguir siendo los líderes del mercado, mientras siguen patrocinando a artistas sin personalidad, artistas rendidos ante el poder económico, más pendientes de conseguir patrocinio para sus pegostes que de decir algo con ellos.

El país está en crisis: desempleo, violencia en las calles, hambre, brotes de dengue, devaluación, putrefacción de toneladas de comida, etc. ¿Y los artistas venezolanos que dicen? Nada. Las obras de los criollos son pegostes y manualidades sin impacto. Pura mediocridad, y lo digo a sabiendas de que van a comentar diciéndome ignorante. Pero yo no le veo el chiste a esto. ¿A quién le importa encerrarse en este hotel a ver los cuadritos de esta gente? Y encima los precios, una fortuna vale cualquiera de las obras.

La FIA 2010 no mira hacia el país, lo desprecia, lo ignora y pretende drogarlo. Por eso se encierra en un hotelazo del este, por eso sus obras no dicen nada, ni estética ni éticamente, son vacías, tontas y aburridas. Además, ¿por qué ese empeño en dar una imagen falsa de Venezuela? La Venezuela de hoy nada tiene que ver con un grupito de estirados con naricita levantada “apreciando el arte”, el país está jodido y lo peor que puede hacer esta gente es ignorar esa realidad para encerrarse en su feriecita a tomar champagne y comer tequeños.

Ya a las 09:00pm yo estaba más pendiente de bajar a alguna arepera a comerme una de queso guayanés, que de mirar a los lados y fingir que me interesaba aquello que estaba pegado a las paredes. Marcel Granier llegó a esa hora, faranduleaba frente a las obras y recibía gustoso el saludo de las doñas presentes. Por un momento temí que todas empezaran a entonar el corito Valiente, Valiente, Valiente, que suelen cantar cuando algún conspicuo representante de la oposición hace su entrada en algún evento público. Afortunadamente no fue así.

Salimos. Y cuando intentamos atravesar la puerta nos detuvieron. A mi amiga no le dejaban sacar sus cuadros. Nos acusaron de ladrones. Y luego de un rato en el que se repitió la rutina perdonavidas que suelen ejecutar los funcionarios policiales, militares, vigilantes y cualquier otro cretino con algo de poder, le tomaron copia del carnet y la cédula a mi compañera, nos hicieron llenar una hoja con nuestras direcciones de domicilio, teléfonos y datos personales. Y al salir, el vigilante le dijo a G que era su culpa, que quién le había mandado a meter “eso” de contrabando sin decirle a nadie. Y así cerró la clase humanismo que nos dieron en la FIA 2010

A decir verdad, prefiero mil veces a mi amiga G, que a la cuerda de bobos intrascendentes que exhiben sus obras en el Tamanaco.

Yo no entendí nada, yo no entiendo nada. Debe ser porque soy inculto, o porque tengo un alto sentido de la ladlla, pero si esto es arte, coño, que fastidio, pana.




Marge Simpson: ¿Tienes alguna idea, Homero?

Homero Simpson: No, estos sujetos son genios, nunca se me podría ocurrir algo como una sopa o un lápiz.


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lunes 7 de junio de 2010

Al Sur de la Frontera

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Por causa del mito del buen salvaje, Occidente sufre hoy de un absurdo complejo de culpa, íntimamente convencido de haber corrompido con su civilización a los demás pueblo de la tierra, agrupados genéricamente bajo el calificativo de ‘tercer mundo’, los cuales sin la influencia occidental habrían supuestamente permanecido tan felices como Adán y tan puros como el diamante”.

-Carlos Rangel — Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario (© Criteria – Caracas 2005 p316)

La Gala




No deja de ser una paradoja horrible que una revolución comunista se babee y delire de tal forma por las celebraciones capitalista. El estreno de Al Sur de la Frontera (2010, Oliver Stone), fue un remedo barato de los estrenos Hollywoodenses, con Red Carpet, Countdown, y periodistas faranduleros, prestos a cazar a las “celebridades” a la entrada del recinto para preguntarles bolserías. Lo único extraño fue que no preguntaban el nombre del diseñador de la percha que gastaban los asistentes.

Los revolucionarios desfilaban sobraos por la alfombra roja con fondo negro que fue desplegada en el TTC. Simón Pestana, Farruco Sesto, las hijas de Chávez, y algún que otro asomao, como Ruddy Rodríguez, a la que el Presidente se refirió emocionado porque le “envió una carta”, en el que fue el momento más lastimoso de la noche. Quién lo diría, el joven flacuchento y narizón que salió hace dieciocho años en televisión a asumir su responsabilidad ante un golpe de estado, se ha transformado en un viejo verde, similar al personaje aquel de Bienvenidos que siempre estaba borracho y se baboseabas a las tetonas del programa. En la carta, Ruddy le pidió al Presidente que viera Venecia, el súper bodrio protagonizado por el chamito este de RBD.

Adentro, la cosa era peor. Aquel despilfarro, transmitido con orgullo por VTV. Simón Pestana no parece entender la brutal contradicción de haber hablado esa noche en el Teresa Carreño. Precisamente él, quien interpretó al personaje que iniciaba El Caracazo (Román Chalbaud, 2005) con una crítica al dispendio y derroche de la juramentación como Presidente de Carlos Andrés Pérez. Hipocresía pura, el gocho se quedó pendejo ante este delirio de nuevorriquismo que presenciamos a menudo en la Venezuela Bolivariana. Por un lado nos atosigan con el cuento del ahorro energético, queriendo que nos sintamos culpables porque abrimos la nevera o usamos el microondas; por el otro, vemos reflectores que consumen full energía, iluminando a estos farsantes, quienes gustosos se entregaban al oropel. Ver a un nuevorrico es un espectáculo deprimente, es un personaje acomplejado que imita, de manera chusca, lo que siempre envidió.



Caracas fue Zaire, por un ratico fue Uganda, y por un ratico fue Cuba. Esa noche vivimos un déjà vu, volvimos a la época de Mobutu en Zaire, de Idi Amin en Uganda, de las “olimpiadas alternativas” de Fidel en Cuba; sólo faltó García Márquez en la comparsa de jalabolas que aplaudían a rabiar desde las sillas del TTC, símbolo de la decadencia y arrogancia revolucionaria.

Después hablan de clasismo. Ja. Clasismo es eso: una sociedad dividida en castas, donde una clase dirigente y poderosa obtiene privilegios obscenos, mientras la mayoría está condenada a verlo todo a la distancia. Así son los actos en el teresa: afuera el colectivo pasa horas en cola, a veces teniendo que sobrevivir con una limosna en forma de naranja y botellita de agua —único refrigerio que le dan a las personas que pueden pasar hasta 24 horas sin comer cada vez que los traen en autobuses desde el interior para asistir a algún acto en el Teresa—, mientras los dirigentes, verdaderos godos/mantuanos/oligarcas/burgueses llegan al recinto fresquitos, en autos con chofer, para recibir la adulación de la clase oprimida.

Si en Venezuela hubiera verdaderos marxistas, estos se darían banquete deconstruyendo a la revolución bolivariana.


El Director


La posición en Venezuela la queremos mantener y crecer, Venezuela es uno de los países con mayores reservas del mundo y por tanto es un país donde una compañía que quiere perdurar otros 100 años tiene que estar
Alberto Galvis. — Presidente de la unidad andina de British Petroleum



La tragedia de los países nombrados en el cuarto párrafo, es la combinación mortal de los elementos que los aquejan: caudillo con necesidad de publicidad + más subdesarrollo + economía rentista = territorio fértil para el enriquecimiento de personas sin escrúpulos. Sean estos vendedores de armas, narcotraficantes, o estafadores de oficio como, digamos, Danny Glover.

Yo entiendo a Chávez. Sí, yo. Hasta el año pasado yo veía religiosamente las películas venezolanas. No importaba que tan poco dinero cargara encima, o que tuviera que perder cinco horas entre bajar y subir a la capital, porque las cintas venezolanas sólo las exhiben en Caracas, y siempre en dos o tres salas. Era un compromiso, una lotería, y de alguna manera un culto a la esperanza: siempre quise creer que alguna de esas películas me iba a sorprender, que una, aunque fuera una sola, me iba a dejar satisfecho.

Pero ese pacto terminó el año pasado. Me cansé, pana. Lo último que vi fue Día Naranja (2009, Alejandra Zseplaki), y eso porque una amiga, me haló por un brazo para ir a verla con ella. Todavía estoy esperando que Gloria me devuelva los reales que perdí esa tarde. A Hugo, le debe pasar lo mismo. Luego de haberle dado incontables recursos a cuanto oportunista se lo pidió. Luego de hacerles su casita, con nombre de villa. Luego de haber financiado los filmes más costosos de nuestra historia, todos, absolutamente TODOS les han resultado una decepción.

En estos 11 años de revolución bolivariana hay muchos desastres, pocos son tan contundentes y tan sintomáticos de la situación general del país, como el del cine venezolano. Nada, ni siquiera una de las películas de la villa del cine vale la pena. Es que ni siquiera se han hecho dos películas que pasen la materia con 10. Puro bodrio, puro fracaso económico, es decir, fracaso patrimonial para el estado. Corrupción, lo llamaban antes.

De ahí la necesidad reciente de Chávez de buscar afuera lo que no encontró aquí. Como Chávez no tuvo a su Tomás Gutiérrez Alea, pues salió a buscar a Sean Penn, Tim Robbins, Kevin Spacey, Danny Glover, Harry Belafonte, y Oliver Stone. Personajes atraídos a Venezuela, no sólo por la leyenda negra del buen revolucionario que estaba liberando a los buenos salvajes de Venezuela, sino también por el ocaso de sus carreras. Y es que todos, quizás a excepción de Sean Penn, son caídos en desgracias, menguantes señores a los que ya nadie toma en cuenta. ¿Cuál fue la última película de Kevin Spacey que vio en el cine?, ¿cuándo fue la última vez que oyó el nombre de Harry Belafonte, en un canal que no fuera Films & Arts? ¿Usted cree que algún estudio de Hollywood le soltaría así nomás los millones de billetes verdes que le dieron a Danny Glover dizque para hacer una película sobre un prócer haitiano? Ah baidegüei, ¿qué pasó con ese dinero?

Oliver Stone no pega una desde hace mucho. La gente habla de él como el señor que hizo Pelotón, JFK, y Wall Street, hace ya muchos años. Por eso es que sólo en Venecia exhiben su documentalucho, el cual es destrozado por la crítica, incluso por la misma crítica dispuesta a elevar hasta la palma de oro a un Michael Moore. Pero claro, las diferencias son muchas. A Moore se le podrá decir lo que sea, pero al menos tiene la suficiente conciencia autoparódica como para no solemnizar todo lo que hace. Adicionalmente, sus documentales, más allá de sus manipulaciones y maniqueísmos, dan en la llaga al señalar con no poca lucidez las contradicciones del mundo en que vivimos. Por ejemplo, Michael Moore no habría evadido los acuerdos entre el gobierno bolivariano y las trasnacionales para explotar la faja petrolífera del Orinoco; acuerdos estos, que hacen que Chávez no diga nada sobre el despreciable ecocidio cometido por la British Petroleum, una de las empresas favorecidas con el oscuro otorgamiento de concesiones en la faja. Chávez grita desgañitado contra el asalto a la flotilla por parte del ejército israelí, pero calla ante el crimen ambiental ocasionado por sus socios. Moore, habría hablado de esto, como lo hizo sobre las celebraciones de la comitiva presidencial en Venecia. Como verán, no sólo en los Mtv Movie Awards hay estrellas autocensuradas.


La Película




Al Sur de la Frontera, la vimos cuatro personas. No es una irreverencia, tampoco una exageración, éramos cuatro los que estábamos ayer en la función de las 06:20pm en el Recreo, y yo estaba allí por interés profesional, así que público, lo que se dice público, eran tres personas.

Esto, a pesar de la descarada campaña promocional, hecha con dineros públicos, que tapizó buena parte de caracas con pendones de la película. Ni Water Brothers al traer a Nelly Furtado, ni Evenpro con Metallica, se gastaron tanta plata en publicidad. Sólo en Sabana Grande conté, sin paja alguna, como cien colgantes en los postes. Sumémosle las cuñas que obligatoriamente deben transmitir los canales de televisión, cuñas estas, surgidas a raíz de la implantación de la ley resorte, y que se suponían que eran destinadas a campañas benéficas y educativas, pero que ahora fueron convertidas en mero instrumento propagandístico del gobierno.

Aún así el resultado ha sido nulo, en todas las salas donde se proyecta el documental de Oliver Stone se registra lo mismo, butacas vacías.

Comienza la película, con un segmento de... Adivinaron: Fox News, maniqueo y exagerado que servirá como excusa para el discurso posterior. Una ignorante periodista norteamericana confunde la hoja de coca con el cacao. Avanzado el metraje ocurrirá lo mismo con otro norteamericano imbécil que comparará al Presidente venezolano con Hitler.

Lo que sigue es la comiquita repetida cientos de veces en VTV, una caricatura, con pretensiones de análisis profundo sobre la democracia venezolana. Stone se limita a repetir el evangelio según Chávez: Venezuela nunca tuvo una democracia real, Chávez llegó y “redujo a la mitad” la pobreza en el país, los opositores a Chávez son los reductos de la democracia falsa que había antes de la revolución, los enemigos de Chávez son ricos violentos apoyados por Washington que dieron un golpe de estado que fue derrotado por el pueblo en las calles... Nada nuevo para nosotros, pero recordemos que esta película no es para el consumo interno, así como tampoco es para el consumo norteamericano. En realidad es una cinta hecha a la medida de la izquierda caviar europea, siempre presta a justificar con su condescendencia y solapado racismo a cualquier caudillo tercermundista que se autoproclame como antinorteamericano.

Luego Stone sigue a Chávez cual fan enamorado, y Hugo, experto en eso de hacer shows populistas ante la cámara, se luce como hombre humilde, sensible, comprometido, y atrapado por la historia. Nada muy distinto de lo ya mostrado en Los Sueños Vienen con la Lluvia (2006, Pablo de la Barra), aquella cursilería del mal gusto dirigida por Pablo de la Barra. De Venezuela nos vamos con Stone en un viaje de “descubrimiento” de América Latina. Una serie de soporíferas entrevistas unipersonales, que Stone maneja con poco interés y sin que estas aporten algo relevante o contundente. Sólo el momento con Cristina es relevante: a la Presidenta argentina no se le puede ocultar su soberbia, su petulancia y su sentido de altivez. Por mucho que lo intenta se le nota la arrogancia. Ese segmento, al menos como ejercicio de análisis del lenguaje corporal, es el mejor de la película. Porque incluso el momento en que Evo le “enseña” a Stone a mascar hoja de coca y juegan futbol, luce predecible y aburrido.

La mirada de Stone a Latinoamérica es superficial y sin matices. No hay en Oliver el menor ánimo de profundizar o investigar algo. Al contrario, la primera secuencia de la película es una traición del subconsciente, porque Stone es igual de maniqueo y despreciable que los periodistas de la Fox News. Al igual que los ultraderechista de Rupert Murdoch, con Stone todo es un reductio ad absurdum.

Lo arrecho es que Stone dice que esta película se hizo para romper el discurso imperante en los medios de comunicación estadounidenses, cuando la verdad es que lo refuerza. Si para los medios americanos el mundo se divide entre buenos y malos, entre terroristas y aliados, Stone no hace nada para agregar profundidad a ese discurso, sino que simplemente le responde en las antípodas: es decir, los malos son los buenos y los buenos los malos. Y eso es tan intolerante y reduccionista como lo que se pretende criticar.

El documental de Stone bien podría ser un espejo inverso del discurso que dice combatir. Es como Globovisión, la otra cara de VTV, sin espacio para los grises y los matices. Los opositores, disidentes y críticos de Chávez reciben el mismo tratamiento que en Fox News reciben los que se oponen a la política bélica norteamericana: la anulación de su discurso hasta desaparecerlo, la descalificación, la caricaturización y el descrédito para justificar su represión y destrucción.

Sencillamente en Latinoamérica no existe la diversidad ni el debate, sólo existen pueblos oprimidos y caudillos redentores. Así de racista es el discurso de Oliver Stone, y así de simplista es la película del norteamericano. Es como una película de Michael Bay, pero dirigida por un cineasta decadente con pretensiones de Pino Solanas. Por cierto, el despreciable atropello cometido contra Sergio M en la cinemateca, es una muestra más de la política stalinista y represiva dirigida por la estructura cinematográfica del estado venezolano. Lo triste es que apenas comienza, ahora Farruco ha vuelto al Ministerio de Cultura y José Antonio Varela es presidente de la villa del cine. Luego de dos fiascos financieros producidos en su seno, Varela ahora se encargará de hundir un poquito más la industria criolla en su cargo, desde el cual seguirá otorgando créditos a dedos, como los que recibió él, para que se sigan filmando películas como esta. ¿O quién creen ustedes que financió esta película? Sí, Al Sur de la Frontera, fue financiada con recursos públicos, y por eso no es más que una vulgar propaganda política.

Las obras propagandísticas de Leni Riefenstahl quedaron para la historia del cine, por ser estéticamente brillantes e innovadoras, a pesar de su bastardo contenido político e ideológico. Tomás Gutiérrez Alea es uno de los grandes cineastas de Latinoamérica, y cuando muera, algunas de sus películas quedarán para la posteridad por encima de Fidel. Pero de Venezuela y esta época oscura y triste nos quedará nada. Los bodrios de la villa, se convertirán en objetos de análisis antropológico, y tal vez subsistan para usarlos en foros sobre el autoritarismo, o sobre la decadencia a la que puede llegar un cineasta. Al final, luego de pasearse por algún festival europeo, y tal vez recibir algún premio a manos de algún jurado nostálgico, Al Sur de la Frontera, sufrirá el mismo destino de las otras cintas de la era chavista: será loopeada en Tves hasta el cansancio, y circulará entre puestos de películas piratas, sin gloria, pero con mucha pena. Así pasó con Zamora (2009, Roman Chalbaud), convertida en una especie de jingle de los canales del estado que la estrenan más de lo que Venevisión estrenó Arma Mortal en los noventas.

Si me faltó algo, agréguenlo ustedes en los comentarios. Yo prefiero seguir leyendo Gomorra, el genial libro de Roberto Saviano.

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miércoles 26 de mayo de 2010

Que viva la patria y el ché

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Ceñor Precidente. Mi nombre es Yon Manuel Silba. Le daria mi numero de cedula, pero me la robaron hace dias y no e encontrado ningun operativo para sacarme una nueva.



Yo nunca bote por uste, la culpa no es mia si no de los medios de comunicacion que me engañaron con sus kampañas internazionales de manipulacion de mi cerebro y de mi cranio. Por eso bote por Zalas Romer, por Harias Kardenas, por el No, y por Rrozales. Pero aora me arrepiento mucho. No c en Q estaba pensado. Pero aora no!!!!! soy rebolusionario hasta la muerte.

Le pido perdon.





Vía (@panfletonegro):

lunes 24 de mayo de 2010

Ríos de Mierda

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"No muerde, no calla.
Sin sangre no hay arte.
Nada ni nadie.
De nada más."
Nuestra - La Vida Boheme

Anoche, en el agudo programa de TVE Días de Cine, hablaban de Baarìa (2009), la última película de Giuseppe Tornatore. La fustigaban por volver a esa desagradable tendencia del cine italiano: la de hacer películas pretendidamente conmovedoras, que recurren siempre a un pasado supuestamente hermoso, para así evadir un presente lleno de corruptelas, violencia, y desolación, plasmado en relatos nada complacientes como Gomorra (2008), la cruda película de Matteo Garrone, basada en el libro de Roberto Saviano.

Supongo que si los redactores de Dias de Cine vieran la chinchurria de películas "aldeanas" que se hacen en mérida, destrozarían sin piedad toda esa cinematografía que cierto sector de la crítica venezolana reivindica porque "no es tierrúo, y no habla de malandros y putas".

Ahora bien, imaginemos que Caracas es una cinematografía, ¿no sería El Ávila la representación perfecta de esas películas? El gran símbolo de esta ciudad no es esa hermosa y verde montaña que nos arropa y protege, es El Güaire. Ese río marrón, en el que flotan los mojones de todos nosotros, nuestros orines, nuestros desechos más humanos. Ese río por el que viajan, como si fueran nauragos de nuestra decadencia urbana, las neveras oxidadas, los colchones roídos, los trozos de prendas de ropa desechada, las miles de botellas de plástico de todas las marcas y todos los tipos.

Yo lo llamo el sedimento de la perdición caraqueña.



La historia del Guaire la conoce todo el mundo, nuestros abuelos la contaban muchas veces y sea como sea uno la ha escuchado en alguna parte.



Conataban los abuelos que era un río de aguas cristalinas y hermosas, la fuente de agua de todos los caraqueños. Las mujeres se agachaban descalzas a lavar la ropa, los chamitos se echaban chapuzones y jugaban en las orillas. Pero a finales del siglo XIX, a Guzmán Blanco se le ocurrió que los caraqueños necesitaban drenajes, también se le ocurrió que el mejor desagüe para esos drenajes era el hermoso río que atravezaba la ciudad.

La tragedia ecológica de aquello la arrastramos hasta hoy. El Güaire no es sólo el río en el que confluye nuestra mierda, es también el depósito favorito de cadáveres de muchos asesinos profesionales. En sus alrededores han ocurrdo violaciones, asaltos, torturas. Inclusos a los "narradores urbanos" de Venezuela, les ha dado por ambientar allí algunas historias. En 1998 un escritor llamado Jorge Rodríguez ganó el Concurso Anual de Cuentos de El Nacional con un relato policial que trataba sobre un agente que debía investigar el asesinato de una chica ocurrido, sí, en las riveras del Gúaire. Ese joven escritor es hoy el flamante alcalde de la ciudad capital, y hasta donde sé, no tiene ninguna intención de cambiar la situación que ¿denunciaba? en su relato.

El Güaire es una metáfora brutal de la ciudad de Caracas. Como algo hermoso es destruído y convertido en pura mierda. Tal vez El Ávila sí pueda ser el ícono de la ciudad tal como está hoy: quemado y destruído. Al menos es más honesto con nuestro carácter, con lo que somos. Y esto lo digo sin ser caraqueño, pero como si lo fuera. Al final, los sanantoñeros somos caraqueños demasiado maricos para dormir donde vivimos.



En fin...



No sé por qué razón, pero ayer domingo me dieron ganas de ir a ver El Güaire. Llegué a las 07:40 am a Caracas, esperaba a una de mis mejores amigas para acompañarla al terminal de regreso a su casa. Y mientras la esperaba, bajé por la callecita que está a mano izquierda de la Arepería 24 horas. La calle de los hoteles, le dicen. La misma calle en la que otra buena amiga me fue a rescatar luego de que me robaran. Llegué a el puentecito y contemplé el panorama. A mano derecha tenía el imponente edificio de Ciudad Banesco. Al frente, pero mirando hacía arriba, tenía un ridículo anuncio de Movilnet, con el disfraz de Dame pa' Matala, invitándonos a no hablar por teléfono mientras conducimos. A mano izquierda una parejita salía abrazada, riendo, y con cara de haberse hecho de todo en uno de los hotelitos adyacentes. Y al frente, pero mirando hacia abajo, estaba el río marrón.

Frente a El Gúaire lloré. Disculpen la cursilería, pero se me aguaron los ojos. No les voy a contar por qué, confórmense con saber que yo, al igual que esta ciudad, también suelo destruir las cosas hermosas que tengo.

De todas formas, gracias a Héctor Torres y Ana Teresa Torres por la oportunidad que me brindaron el martes. En cuanto a la lectura, puedo decir que fue una gran noche, que la disfruté, y que más allá de las críticas o polémicas, siempre voy a estar agradecido por haber participado en la Quinta Semana de la Nueva Narrativa Urbana. Gracias a mis compañeros de mesa, Harold Mota y Carlos Patiño. Y sobre todo, muchísimas gracias al escritor Fedosy Santaella. Yo no merecía esos comentarios tan amables sobre mi relato. Y esto no lo digo ni por falsas modestias, ni por parecer cortez, ni un coño de su madre. Lo digo en serio, si algo me llevo de esa noche es la generosidad de Fedosy y el respeto con el que se refirió a mi escrito.

Sobre lo que vino después, sólo espero poder tan siquiera entender como hice para cagarla de esa forma.




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miércoles 19 de mayo de 2010

El Asesino del Facebook

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Cuento leído ayer 18 de mayo, en el marco de la V Semana
de la Nueva Narrativa Urbana



A Daniel Pratt

"¿Why don’t you wrap your lips around my cock, babe?"

The Doors. G – L – O – R – I – A.

Han sido dos los momentos en que Robert ha sentido la inminencia de la realidad —la expresión es suya—. La primera, fue entre las piernas de Paola, antes de penetrarla, mientras la detallaba desnuda debajo de su cuerpo.

Robert presumía que ocurriría lo de siempre, lo que había ocurrido en los tres años que llevaban saliendo: besos en la puerta, manos sobre la franela, pezón erecto, gemido débil, erección tensando el blue jean, manos sobre el culo; y al amagar con desabrochar la camisa, el melindre de ella, el alejamiento, el llamado a la espera, la prudencia y el respeto; pero se equivocó, Paola, al igual que él, se había cansado de las masturbaciones.

En algún momento de la vida las chicas se envalentonan, sacan coraje de donde no lo tienen o de donde no sabían que lo tenían, y toman al afortunado, le manosean el pene erecto y ansioso, le tocan el glúteo y lo halan hacía ellas, dejan que la humedad se apodere de sus pantaletas y abren las piernas, el alma, los brazos, los prejuicios.

Esa noche gloriosa, Paola dejó que Robert recibiera el premio a tres años de paciencia y respeto. Tres años de caricias furtivas, manoseos desesperados, y alguna que otra discusión que se resolvía con un “si esperamos, será más bonito”.

Paola lo arrastró, se dejó manosear como nunca en el ascensor y pasó su pierna derecha alrededor de la cintura de Robert —su gordito bello—, el chico que había sabido esperar, a diferencia de Andrés, Raúl, John y otros desesperados que le habían abierto la blusa e intentado bajar el pantalón, luego de una noche de rumba en Friday’s o una jornada de cine mediocre en La Cascada.

La erección de Robert le terminó de quitar el miedo a Paola, y allí, en el trayecto interminable rumbo al piso dieciocho, el único asustado era Robert, que casi se vino de la emoción.

Entraron. Ella no encendió la luz y dejó de besarlo, para tomarlo de la mano y dirigirlo al cuarto. Lo empujó hacia la cama y se le sentó a horcajadas sobre la cintura. Sin pensarlo, y sin las ternuras que usaba cuando pasaban una hora besándose en el sofá, le bajó el cierre y exploró su sexo, tomó el pene y se regodeo con las manos en la tirantez de Robert, comenzó a frotarlo y él se vino inmediato.

Él gritó, algún oído exquisito aseguraría que gimió; ella no pudo evitar reírse y sentirse feliz de poder controlarlo, después de todo, llevaba meses siendo intimidada por los arranques de libido de su novio adolescente, que lograba, a veces, hacerla sentir mal por ser tan mojigata.

Mientras él se recuperaba de la vergüenza, de la eyaculación y del susto; ella empezó a degustar las gotas de semen que habían quedado en su mano. Ya sin inhibiciones, se acercó al rostro de Robert y lo besó, mordisqueándole el labio un poco. Le dijo que no se preocupara, que la noche apenas empezaba. Bajó hasta el miembro asustado, vencido, sobresaliendo moribundo del pantalón, con la liga del interior ovejita apretándolo un poco, y lo acarició con la lengua. Luego, lo tomó con las manos y, al sentir que volvía a la vida, cuando supo que tanto él como Robert estaban dispuestos a seguir con la fiesta, se lo tragó completo, de un solo envión, y obligó a Robert a asumirse en toda su masculinidad.

Robert, sintiendo la inminencia de la realidad, supo que debía portarse como lo había fantaseado mil veces. Luego de un par de minutos disfrutando de la garganta, la lengua y labios de Paola devorando su miembro, él tuvo el coraje de halarla por el pelo, tomarla por la cintura y echarla sobre la cama para montarse sobre ella y quitarle la ropa.

Lo hizo torpemente, con miedo; había practicado mil veces con una muñeca inflable, con una almohada grande, incluso con una prima que le enseñó a besar y a tocar por encima de la ropa, pero aun así, nada te prepara para desnudar a una mujer por primera vez.

Prendió la luz, tratando de ponerla nerviosa. Pero ella, con la expresión de mujer atrevida que había ensayado muchas veces en las pijamadas con Shelly, Andrea, Marianna y Mónica sólo podía reír ante los desesperados intentos de Robert por no dejar traslucir su pavor. Al verla así, tan poderosa y tan poco necesitada de él, con esa seguridad absoluta que tienen las mujeres cuando descubren que somos nosotros los que no podemos vivir sin ellas, él, simplemente, supo que no la satisfacería y que perdería su virginidad así, con miedo, con nervios, y al igual que el doctor Juvenal Urbino antes de morir, sintió que no estaba listo para eso, pero ya no podía arrepentirse.

Todo fue rápido y malo. A ella el rostro se le constreñía más y más, mientras él trataba de estimularla. No supo mordisquearle el pezón, con ese punto medio entre la aspereza y la dulzura del que gustan las mujeres cuando uno excursiona en las montañas de grasa que gobiernan su torso. No supo lamer los labios que sonríen al revés, se le olvidaron las pornos que veía en casa, y también las prácticas con guayabas y patillas que hacía en la cocina. Le aterró meter el dedo atrás, y hasta se asqueó cuando ella, dueña absoluta de sus portentosos glúteos, se puso a gatear sobre el colchón, mostrándole sin rubor el ojo del mismo culo que solía tocarle encima del blue jean, pero que así, desnudo y abierto, le parecía un trasero extraño y desconocido.



Lo peor fue al entrar en ella, fue como ir a una selva inhóspita y peligrosa. Él no pudo concentrarse en la calidez de estar allí, adentro de la chica que exhibía en La Cascada, la que le envidiaban sus panas, la que provocaba miradas libidinosas hasta de su papá, que una vez, medio en broma, le comentó que se la birlaría. Se volvió nada. Ella propuso cabalgarlo, él aceptó, o se resignó; ella empezó a moverse y él se vino otra vez.

Paola pudo traerlo a la vida una vez más, pero no quiso, se aburrió y lo besó con cariño. Robert se fue molesto de su casa. Paola no lo extrañó, humedeció su índice y medio derecho y terminó el trabajo, mordiendo una almohada para acallar los gemidos que ella podía producirse mejor que Robert.



Nunca más volvieron a verse. Robert dejó de llamarla y alteró su rutina para nunca cruzarse con ella, simplemente estaba asustado. Y estuvo asustado mucho tiempo hasta qué, de manos de la amable Norma, una showgirl que ofertaba sus servicios en internet, aprendió a poseer mujeres y no sólo a imaginar que lo hacía.

Durante varios años, específicamente hasta el día de su vigésimo cumpleaños, Robert nunca experimentó un miedo similar al de aquella noche. Esa segunda vez, llegó con algo muy banal: un Nintendo Wii.


Hay cosas que no tengo claras en torno a esa noche, pero sí estoy seguro de que antes de despertar ese día, en el ínterin entre el sueño y el despabilamiento, cuando escuchó el sonido del celular, Robert, regresó a esa colita. Llevaba varias semanas soñando con ella, imaginándola en todos sus detalles. Desde como se sentía la piel que la cubría, hasta a que sabía el sudor que brotaba de sus poros, en especial, cuando Nelly se metía el hilo dental de algodón y se recubría las nalgas desnudas con el shortcito blanco que gustaba usar para tomarse las fotos que subía a Facebook.

Respecto a esa colita, todo comenzó en una tarde de ladilla. Robert paseaba por la carnicería de adolescentes que había logrado recopilar en su perfil de Facebook. En tan sólo mes y medio de haber abierto la cuenta, ya almacenaba unos 600 contactos. 417 de ellos pertenecían a chicas menores de veinte años, que aceptaban su invitación de amistad llevadas por la foto en blanco y negro que decoraba su página.

Robert salía bien. Con unos converse originales, un jean con rotos de fábrica, una franela negra de Nirvana y una mirada perturbada, había logrado constituir el lugar común perfecto para seducir carajitas.

En las tardes siempre era placentero matar la ladilla viendo las fotos. Robert pasaba horas deleitándose en los álbumes: “en la playita con los panas”, “yo más lenda”, “en la yapla”, “me”, “solo yo”, “beia con mis amigas”, “locuras en el Sambil”, “un día diferente en el Ávila”, “en el club”, “posando”, “en mi cuarto”, “joda en el liceo”, y demás títulos cargados de esa extraña necesidad de impostar la espontaneidad y la irreverencia. Todos los álbumes contenían imágenes de adolescentes regodeándose en sus cuerpos recién crecidos, manoseando sus tetas con fingido descuido, mostrando el culito debajo del short o descubriéndolo en un afortunado hilo dental hundido en el ecuador de esos culos, quizás, pensaba Robert, jamás penetrados.

En sus otros contactos, los masculinos, sobraba el reggaetón y el rock-emo. O eran chicos con guayas de mentira posando como gángsteres malvados, o eran oscuros con maquillaje y caras de tristeza. Las galerías de fotos de los chicos solían repetir títulos como: “en la rumbita de anoche”, “modernos en Barrabar”, “con unos qlos”, “los pana de la uni”, y la infaltable galería “puro style”, atestada de poses robadas de los pósters promocionales de Wisin & Yandel. Robert les empezó a pasar de largo luego de varios días usando la red social, le aburrían las naturalidades fingidas, excepto la suya.

Aprendió a convivir con los especimenes de Facebook. Pronto, comprendió que debía montar sus álbumes imitando la misma estética de los demás. Igualmente, abrió una cuenta en Twitter y la vinculó con su perfil de Facebook. Desde el blackberry actualizaba su status, con frase como: “me voy este fin de semana pa’ la playa con una jevita que me levanté en Friday’s hace dos noches”, “la vida es dura, pero hay que vivirla, superando las tristezas”, “cada vez que el amor golpea hay que saber recuperarse, como los boxeadores”, “esta semana subo más fotos”, “me di los besos con Karina”, “llevo una semana sin tirar y estoy caliente”, “anoche tuve la rumba de mi vida y estoy enratonao”, “siento que la vida no tiene sentido. Por favor, ayúdenme”. Cómodamente acostado en su cama, vestido con su mono de dormir, viendo una película en el cable o escuchando música en su Ipod, Robert se iba creando una personalidad virtual: dura, irreverente, atrevida, a veces deprimida, indiferente a la política y exitosa con el sexo opuesto. Todo era un juego, uno muy productivo y divertido, hasta que llegó esa colita.

El perfil formaba parte de una lista de resultados obtenidos luego de activar las opciones correctas en el buscador para que éste mostrara sólo perfiles femeninos, de entre 14 y 18 años, que tuvieran como ciudad de residencia a San Antonio de los altos. La foto que se mostraba en la miniatura dejaba ver a la chica posando como Fergie, la vocalista de Black Eyed Peas, gastando un short blanco, descalza y con el cabello largo recogido con una moñera. Al fondo, una pared decorada con peluches de Pucca, Garfield, Hello Kitty y el perro orejón que sale en las tarjetas de cumpleaños. Ella, enfrente de los felpudos, posando como su cantante favorita.

Yo no creo que Robert entendiera el significado de la palabra fetiche, tampoco estoy seguro de que supiera, al menos hasta ese día, que cultivaba el fetiche de las adolescentes con culitos parados sobresaliendo de shortcitos blancos, pero de lo que sí estoy convencido es de que en ese momento Robert sintió la erección más poderosa que haya tenido. Así me lo contó él, y yo no lo dudo ya que él siempre ha sido honesto conmigo, o al menos lo fue, cuando éramos los mejores amigos del mundo.

El único problema era que el perfil, perteneciente a Nelly Ranaldi, era privado. Así que Robert envió la petición de amistad, temeroso de que no aceptara. Hasta ese momento nunca había temido un rechazo. Lo bueno de Facebook es que las mujeres son infinitas y los rechazos, a diferencia de los que ocurren en una disco, o en cualquier otro espacio de la vida física, no son definitivos; bien sea porque repitas la solicitud con un intervalo suficiente como para que la reticente se olvide de tu primera petición, o porque decidas seguir intentando con otros perfiles. Al final todas son iguales: jevitas de entre catorce y veinte años desesperadas por ser desvirgadas.

Nelly se conectaba desde un cyber, de eso estuvo seguro Robert cuando pasaron tres días y ella no había respondido a su petición. No era que lo había rechazado, era que cada vez que volvía al perfil aparecía la maldita frase en blanco difuminado: esperando confirmación de amistad. En el mundo virtual la incertidumbre puede ser infinita, basta que no aceptes ni rechaces una petición de amistad. Así es internet, las discusiones siempre quedan a la mitad, las amenazas vuelan a través del sistema y se quedan perdidas, escudadas en sus anónimos que nunca las cumplen. En los blogs, siempre esperarás la respuesta de ese autor pedante que malredactó un artículo que te dejó inquieto. En las redes sociales, siempre te quedará la duda de saber cuanto de real y cuanto de exageración hay en la chica quinceañera que dice haber perdido su virginidad a los doce años, y que gusta intercambiar por el chat las frases cursimente explícitas que seguramente no se atrevería a decir, y menos practicar, en la vida real. Pero claro, tú nunca lo sabes, y ese no saber es lo que te hace entrar otra vez y seguir viendo.

Pasó una semana y a Robert lo mataba la duda. Presumió que ella había visto sus fotos y no había gustado de él, pero recordó que si Nelly era de las que condicionaba su aceptación de amistad a la impresión que le causaran las fotos de quien le solicitaba agregarla a su lista de contactos, el primer álbum con el que se toparían sus ojos sería “en Cuyagüa con unos bróderes”, y en esas fotos salía bien. Poco a poco, de tanto imitar la rutina de Marcos y la mía, Robert iba formando músculo y algo de contextura. Además, ese día el bronceado era perfecto cuando empezamos a usar la cámara digital. Robert se veía duro y dorado, vistiendo sus bermudas Oakley y portando sus Ray Ban originales, recién comprados en México por su hermano, que acababa de llegar de un congreso de odontología en Guadalajara. Eran buenas fotos, lo suficiente para convencer a cualquier teenager poco exigente.

Finalmente, en el momento en que veía las fotos de una chica tukki, apareció en el borde inferior derecho de la pantalla la notificación que anunciaba Nelly Josefina Ranaldi Gómez ha aceptado tu petición de amistad. Robert se fue directo al perfil de ella para curiosear en sus imágenes.

Pasó a las fotos y entró al primer álbum: “siempre beia”. Las imágenes se lo confirmaron: esa colita era la más bella que había visto. Unos glúteos enjutos pero carnosos, y redondos, perfectos. En todas las fotos, Nelly posaba con un short transparente que dejaba mirarle la pantaleta de algodón, hilo o cachetero según el caso.

Hoy, todos somos fotofílicos, imaginófilos, camarocéntricos, retratoinómanos, bifanderianeros.

No le fue difícil convencerla, a punta de flores virtuales y aplicaciones optimistas, de verse un día. Al pasar tres semanas todo iba bien, pero todavía no se la había cogido. Durante los veintiún días en que la esperaba a la salida del Liceo, la llevaba a la heladería frente a la Iglesia de los mormones, la sacaba al cine y pasaban una noche de cervezas y fútbol en la pantalla gigante de American Droostore, Robert, sólo podía pensar en el momento en que le tocara penetrar esa colita. La imagen de ella, en cuatro, esperando ser asida y secuestrada en su postura más innoble, no lo abandonó. Soñaba, deseaba, se tocaba a diario y, en las últimas semanas, se despertaba turbado y no podía pararse de la cama si no era masturbado, medio satisfecho, y también, medio frustrado por la espera.

Esa mañana lo llamé al celular, había quedado en llamarlo para ir a comprar las cosas de la fiesta. En la noche, nos reuniríamos en el solar de las residencias Inon, a celebrar su cumpleaños. Él atendió, y noté en su voz la tensión de los hombres con deseos contenidos, sin verlo, supe que había soñado con ella, y que mi llamada le había interrumpido un sueño, no importa cual, seguramente en cualquier contexto en que se encontrara soñando estaba ella, con su colita virgen esperando por él y su sexo, ahora experto y desinhibido.

Antes, cuando los adolescentes lloraban en sus cuartos y no a través de fotos enmarcadas con Layouts-Emo en Myspace. Antes, cuando en Facebook no se propalaban los estados civiles y se cambiaban los status cada dos minutos. Antes, cuando nadie podía comunicarle al mundo la minuta de sus actividades cotidianas en Twitter. Antes, en una época cercana en años, pero que vista a través de los ojos digitales, resulta prehistórica y arcaica; como si los años digitales representaran, al igual que los caninos, siete años humanos. Bueno, en esos tiempos cretácicos, los hombres debían imaginar más. El solo ver a una mujer en traje de baño podía tardar meses, hasta que una invitación a la playa se concretara.

Hoy, todo se resuelve con un “vamos a la play ste fin d semana vienes?”, “Grax la pase cool sta noche t nvio un super kiss”, “ya subi las fotos en FB de cuando fui pa choroni velas”. En todo caso, sirven también los mensajitos en cadena: “Me gustaría ser tus lágrimas y tus sonrisas para estar contigo en las buenas y en las malas”. Noventa y un caracteres, y ya alguien se encargó de la ortografía por nosotros. A un clic de distancia está la importancia, Facebook, nos recuerda el cumpleaños de todos, incluso de quienes no conocemos. Basta un: “Feliz cumpleaños, bro”, para quedar bien. En ingles: “Happy Birthday, have a good time”. En ingles irreverente: “Apio verde 2 yu”. Sólo unos tecleos y no me olvidé de ti, seguimos siendo panas, incluso aunque nunca lo hayamos sido realmente.

A veces, cuando pienso en las ventajas de vivir en el Siglo XXI, cuando considero que en los noventas había que enamorar a las chicas para poder cogérselas, me da tristeza la generación anterior a la mía. Es decir, pobrecitos, toda esa adolescencia guardada, subyugada y sometida a la tiranía de la televisión y los teléfonos inalámbricos que sólo te permitían despegarte unos metros de la pared. Ahora todo es tan simple: hoy estoy triste y me quiero morir, déjame ir a http://www.myspacelayouts.com, hacer clic en las categorías Dark o Emo y bajarme el background negro con corazones rosados que me permite predicar mi depresión. Hoy estoy molesto, afortunadamente, la misma página tiene una categoría Punk y una Rock, donde están los layouts de Nirvana, The Ramones, The Clash, Green Day o Iggy Pop; luego de cargarlo, quito la canción I Kissed a Girl... de Katy Perry, y cuelgo una más acorde con mi humor, no sé, seguramente en el perfil de Nine Inch Nails hay algo lo suficientemente ruidoso como para expresar la rabia que tengo porque el sistema me oprime; ah, y debo cambiar mi mood, la última vez que me conecté lo puse en ‘enamorado’, debo cambiarlo a ‘enojado’ o ‘decepcionado’, lástima que no haya uno que diga ‘arrecho’.

Dame mi máscara que me voy a conectar a Internet.

Nos vimos en el Centro Comercial los Altos. Allí, donde gastábamos nuestras tardes cuando nos jubilábamos del Egui. Al verlo, sabía que volvería a hablarme de la colita, así llamaba Robert al culo de Nelly, que lo tenía desequilibrado desde hacía casi un mes.

Luego de un rato charlando, bebiendo chicha y mirando las películas quemadas que vendían en el ‘local itinerante’ frente a la juguetería, le pedí que fuéramos al Central. Se lo solté cuando me describía, por enésima vez, que esa colita era única, no se parece a ninguna otra, no es un culo, es una colita y, verga pana, yo estoy enamorado en serio de esa jevita, me decía Robert antes de lamer la leche condensada que flotaba sobre el vaso de chicha, coronado con canela espolvoreada.

Mientras bajábamos al Central Madeirense le aconsejé que matara ese queso de una vez. Cógetela, le dije, ¿qué más le puede decir uno a un amigo obsesionado con unas nalgas? Méteselo sin pensar, así debe ser, y lo abracé como a un hermano. Entramos al Supermercado y, mientras él se alejaba a buscar un carrito para las botellas, yo me quedé escaneando a las cajeras. A mí me encantan las cajeras del Central, Doris, la más bella, siempre me mira con indiferencia.

De los estantes con botanas echamos dos bolsas grandes de Doritos, una de Ruffles con crema y cebolla, y una de Platanitos. Fuimos al área de licorería y echamos las botellas de Smirnoff que humedecen las gargantas de las sifrinas con tendencias abstinentes, las de Absolut Vodka para los gallos que se la tiran de malotes, dos de Whisky para los viejos y sus amigos de la Federación Médica, una de Jerez para el club de doñas que acompañan a nuestras madres, seis cajas de Solera verde, y cuatro carteritas de Anís Cartujo. Éstas últimas para nosotros, Asier, Pepe, El Chino, El Negro, El Gordo, Robert y yo. Aunque Rosaura, la gorda lesbiana que trabaja en la librería Atlántis, también se da con el anís.

Salimos del Súper y fuimos a mi casa a cargar las listas de reproducción. En una rumba, Robert y yo renunciamos a nuestros gustos y cargamos, resignados, las listas con puro mp3 de Wisin & Yandel, Daddy Yankee, Caramelos de Cianuro, alguna baladita de Mariana Vega para apechugarse con las sifrinas, y algo de trance mal hecho, para los que no saben nada de música electrónica.


La fiesta fue tipo normal: güisqui con fresco, musiquita mala, pavos bobos hablando de carros con sus amigotes, mamitas ricas ladilladas, esperando que sus novios —los pavitos— dejen de hablar güevonadas y se decidan a atenderlas. En una esquina, los perdedores, incluyendo el gordito dientón al que siempre invitan a las fiestas por lástima, aunque el pana nunca sepa como integrarse.

Hubo un tiempo en que despreciaba esas reuniones, hasta que comprendí que las chicas, ésas que te buceas en las calles y que sólo son tuyas en fantasías, disfrutan de esos encuentros. No hay nada como ver a una de las descerebradas sanantoñeras bailar al ritmo del horrendo reggaetón, recostando su muslo en tu entrepierna y soltando alguna vacía incoherencia, de las que forman el ¿lenguaje posmoderno? de las chicas que me gustan, de las que deseo, de las que procuro llevar a la cama en fiestas. Porque las otras, a las que les gusta el rock y ‘lo alternativo’, a ésas no te las llevas a la cama nunca, ésas no son predecibles y suelen ser exigentes.

A la hora, me había instalado a hablar con Patricia, dime paty, mi rey. Me contaba de Luis Eduardo, su ex, un estudiante de ingeniería de la Católica, que la había dejado por una flacuchenta de un barrio de Los Teques, medio tierrúa, según me decía, cantandito las palabras. Al rato, cuando sonaba la canción de Los Caramelos que tiene muchos adjetivos esdrújulos para definir a una chica, la alejé del bululú de gente. Nos apartamos, refugiándonos detrás de la reja que alejaba la terraza de las escaleras, nos dimos un beso.

No mentiré diciendo que nos dimos unos besos, porque no es verdad, pero sí nos besamos un poco, un besito para romper el hielo, le dije, y ella sonrió, antes de abrir su boca y acoplarla con la mía. Cuando haces que ella sonría y se incomode un poco más que tú, logras difuminar la natural superioridad femenina, por un rato, claro.

Volvimos al grupo de gente normal, los que no estaban con los pavos soberbios, los perdedores, o las mamis ladilladas. Ahí, en esa especie de oasis rumbero, estábamos sentados María, Andrea, Gustavo, Rosaura, Asier, Pepe, El Chino, El Negro, El Gordo, Robert y yo. Seguramente hablábamos la misma intrascendencia de los otros invitados, pero entre amigos, la intrascendencia cobra una importancia inusitada, como si el hablar paja con gente querida fuera más importante que hablar cosas trascendentes con gente insignificante.

Ahora y siempre sonaba, ése era un tema de una banda venezolana que yo llamaba, cariñosamente, Coldrancho, por ser una imitación barata de Coldplay, y bueno, en realidad lo hacía porque el cantante declaró una vez, en un insólito arranque de sinceridad, que eran la versión venezolana de la banda de Chris Martín. El punto es que sonaba Entrenós, cuando llegó un tipo alto, con la quijada atravesada por una chivita horrenda, similar a la de Dave Navarro.

Él y yo nunca habíamos sido presentados, pero yo sabía quien era ese tipo. Robert había estado hablando de él, en las pausas que le permitía hablar de la colita de Nelly quién, por cierto, por alguna razón no había llegado a la fiesta, ni respondía a las desesperadas y desesperantes llamadas que le hacía mi amigo.

Se llamaba El Jefe, y era el jefe de una secta de santeros que operaban en la OPS.

Es común verlos: visten de blanco y se pasean por el Centro Comercial OPS con sus celulares en mano, hablando a decibeles molestos, haciéndole saber al mundo que ellos también poseen teléfonos móviles y camionetas Vitara. Sienten una enorme predilección por ésa marca.

Robert me dijo que él no estaba metido en eso, pero que se había leído un libro yoruba que le parecía interesantísimo. Además, había visto como bajaban a un santo de la corte del malandro Ismael. Es increíble, pero no te asustes, yo no me voy a meter en eso, me dijo esa tarde de chichas y recuerdos, frente a la vitrina de la lencería, al lado del cine al que entramos gratis muchas veces cuando éramos chamos.

El Jefe se quedó en la puerta de las escaleras, la de los besos con Paty, y desde allí, hizo una seña a Robert para que se acercara. Le dijo algo y bajaron al apartamento. Yo quise seguirlos, pero me sentía intruso. No lo he mencionado hasta ahora, pero desde hacía días, entre la colita de Nelly y los devaneos santeros de Robert, empecé a sentirme desplazado.

Suele pasar eso con tus amigos de infancia, no sólo con los que se alejan y que, luego de un tiempo sin verlos, te resultan extraños. También ocurre con los que crecen contigo, en algún momento, cuando sientes que puedes predecir lo que dirán o harán, te sorprenden y descubres, con la misma perplejidad con que un hombre a punto de ser convertido escucha la palabra de Dios, que esa persona ya no quiere tener nada que ver contigo. A veces ocurre al revés, y eres tú el que se da cuenta de que a tu lado está otra persona, distinta, desconocida, no sabes si mejor o peor, pero ciertamente ajena. Las personas conocidas cuando se alejan, o cuando se acercan demasiado, son las que nos resultan más extrañas.

A los minutos bajaron todos y salieron del edificio. Robert llevaba, mal camuflada debajo de la chaqueta azul con calaveras blancas, la pistola de su papá. Yo la conocía desde hacía meses, a Robert le daba por llevarse el hierro de su padre cuando salíamos a rumbear. Se sentía grande con ese pistolón en el cinto. Una vez, estando en Beer World, unos tukkis sacaron sus revólveres y amagaron con tirotearse. Robert, echado bajo la mesa en que nos habíamos resguardado, casi sacó la pistolita pero, la nena con la que andaba liado por eso días, le impidió accionarla.

No se molestó en cabecear una despedida como las que cabeceaba cuando nos encontrábamos en la calle y él iba con sus amigos santeros. Ese cabeceo se convirtió en un sello de su ligero alejamiento de mí, un sello que decía: te reconozco y aun así te ignoro, pero como te aprecio te ignoro con dulzura. Yo no soy cursi ni sentimental, por eso nunca le reclamé el cabeceo, pero, una vez que me cabeceó en la Avenida Perimetral, yo le lancé una mirada fija, esperando con ella traslucir mi desencanto por su distanciamiento.

En la mañana, después de la fiesta, me levanté excitado y debí hacerme una paja antes de salir de la cama. No hice nada con Paty, porque no pude concentrarme en ella. Mi mente estaba en Robert y en descifrar donde había ido con los santeros. Paty, hace unos días, me comentó que si se la hubiese pedido esa noche, me la daba. Pero ahora, cuando ya han pasado unos tres meses de aquel suceso, ella empezó a salir con un estereotipo, con un lugar común sanantoñero, uno de esos tipos que de tan predecibles parecen los extras de la ciudad, el relleno de San Antonio, o los personajes secundarios de un cuento escrito por un novato mediocre.


Llamé a Robert a eso de las tres de la tarde, él no me había texteado nada y eso era extraño porque Robert usaba, al igual que todos nosotros, los sms como forma de acercarse a los que ya no quería tener cerca. Así que cuando le daban las crisis de alejamiento, cuando quería estar con ellos y no conmigo, solía mantener el delgado hilo de la hipocresía digital siempre activo; enviaba mensajitos cadena, o uno de los mensajes automáticamente guardados en su buzón, pero nunca dejaba de hacerlo. Después de un cabeceo, se excusaba en un sms: “Disculpa bro. Es k ando apurad. Sorry”

Me atendió mi madre, al oírla noté que no había pasado la noche en casa. Cuando llegué, la noche anterior, encontré el cuarto matrimonial cerrado por lo que asumí que estaba dormida. Mi madre me puso al corriente. Sin darme muchos detalles me dijo que Robert había matado a alguien y que la familia había emprendido camino hacia Táchira, para sacar al muchacho —así lo llamó— hacia Colombia y de allí a España, donde tenían familia.

Mi mamá los ayudó en todo. Vendió el apartamento y les envió el dinero. Yo aproveché una de las visitas que mamá debió hacer para embalar unos adornos, y le robé la laptop a Robert. Siempre había querido esa computadora, no porque no pudiera comprar una así, sino porque en ella reposaban las miles de fotos que Robert se descargaba en las tardes que perdía disfrazado en la World Wide Web. Yo no tengo Facebook, así que me daba curiosidad saber que le atraía tanto a Robert de esas imágenes.

Como ya dije, hay cosas que no tengo claras en torno a esa noche, lo que sigue, me lo contó Robert, semanas después, cuando ya estaba en España y me había pedido que nos conectáramos por Skype, para conversar sobre lo ocurrido y para pedirme un favor.


En los interines de los rituales que El Jefe y Robert hacían en una hacienda de Los Valles del Tuy, al Jefe y a mi amigo les gustaba jugar. Antes lo hacían con un Playstation, pero Robert quiso comprar un Nintendo Wii. Al Jefe le gustaba el Tenis de Wii y el Bowling, Robert le seguía siendo fiel a Mario Bros. Al plomero italiano, gordito y bigotudo, lo conoció gracias a mí. Fue durante mi cumpleaños número siete, que habíamos hecho sin fiesta, acompañados de unas pizzas. La señora Julia, mi mama, Robert y yo echados en el cuarto, jugando con el Nintendo americano que me había regalado papá. Pusimos el primero de los juegos incorporados, y desde ese día, siempre al salir de clases, nos juntábamos en mi casa para ayudar al fontanero europeo a entrar en los tubos correctos, saltar sobre los Kuppa, recoger las monedas necesarias y comerse los hongos y flores para hacerse más grande, más rápido y más letal, en su camino hacia el rescate de la princesa.

El Jefe tenía unos sobrinos, santeros aprendices igual que Robert. A veces solían ir hasta el cuartico donde guardaban la consola, y jugaban con Robert. Pero una noche en la que Robert no los acompañó a Los Valles del Tuy, al Jefe se le ocurrió la pésima idea de prestarles el Wii para que se lo llevaran a casa y lo tuvieran por una semana. Los chicos quedaban comprometidos en devolverle la consola antes del domingo, porque ese día, horas después de la celebración de su cumpleaños, Robert volvería.

Alguien me aseguró una vez que los santeros usan un método ancestral para convencer a los incautos de su patraña. Es un método qué, cuando lo escuché por primera vez, me costó creer que Robert fuera tan idiota como para haber caído tan fácilmente. Es simple: al bonachón se le hace tomar licor antes de cada ritual, si se niega se le dan excusas, la más común es que los espíritus no pueden entrar en cuerpos fríos, así que el anís, el ron o la caña clara, los calienta lo suficiente para que los espectros se acerquen con confianza. Como ya habrán deducido, el licor en cuestión viene adulterado con algún alucinógeno.

De cualquier forma, eso explicaría la reacción de Robert cuando el Jefe llegó a la fiesta a explicarle que sus sobrinos habían dañado la consola. Incluso, según me contaba, congestionando la bocina de mi ordenador de tanto gritar, él se encontraba tan alterado que no fue a matar a los chicos. En realidad, me decía desesperado y gritándole al micrófono, yo iba a cobrarles, güevón, a cobrarles el Wii. Cuando llegué fue que no pude pensar, apenas vi al menor, al que le dicen Chowi, le descargué tres balazos. Tú sabes, me dice ahora con tono relajado, buscando comprensión y conmiseración de mi parte, que yo siempre había querido dispararla. Lo hubiera hecho aquella noche, en Beer World, pero la puta ésa me lo impidió, si lo hubiera hecho, todo habría quedado como un tiroteo entre marginales y nunca me hubiesen buscado, y a lo mejor tampoco hubiese muerto nadie.

Cuando lo vi ahí, tirado en el piso, con el ojo destrozado, y con aquel chorro de sangre saliéndole del cráneo sentí, por segunda vez pajúo, la inminencia de la realidad, me decía Robert, ya no sé como definir en qué estado.

Claro, te entiendo, le dije por el Skype, tranquilo que yo te entiendo. Pero era mentira, yo nunca lo entendí y nunca lo entenderé. Si fue el perico en la botella de Anís que el Jefe le dio para que se calmara, cuando lo vio engorilado y dispuesto a coñacear a sus sobrinos, o si fue un plan maestro ideado por El Jefe para salir de sus sobrinos qué, según me contó un pana periodista, asignado a cubrir el caso para un periódico local, lo estaban robando, no lo sé. Pero sea como fuere, jamás lo entendí y jamás lo entenderé.

¿Qué quieres, hermano?, ¿cuál es el favor?, le pregunté, me duele reconocer que con lástima. Mira, me dijo, tienes que hablar con Nelly. Explícale, que me entienda, que sepa que no soy un asesino. Dile que los periódicos mienten, que no me entrego porque mi papá es un hombre incómodo por el trabajo que hace en la Federación Médica, y que por eso siento que no voy a tener un juicio justo. Dile que la amo, en serio, que no es sólo la colita, es toda ella. Es lo que es, su sifrinería, su ánimo de disfrazar donde vive, sus jueguitos soterradamente sensuales, sus besos, el como me prometió que esa noche de cumpleaños me daría el regalo más importante y que lo haría porque me quería en serio. Díselo, me dijo llorando frente a su computadora, dile que la recordaré siempre y que desearía que no la hubiese cagado como lo hice.

Un abrazo, nos veremos pronto, voy a viajar a España a verte y a hablar de todo con calma, mi pana, le mentí y sentí un déjà vu: volví al liceo cuando todos nos prometimos qué nos llamaríamos, qué siempre seríamos amigos, qué la amistad seguía más allá de esas cuatro paredes.

Cerré la sesión de Skype y lo bloqueé del Messenger, también arranqué la hojita de papel de la agenda de la casa en la que mamá había anotado el teléfono de ellos en España. No quería saber más nada de mi amigo, incluso dudé en si hacerle o no el favor. Pero al final decidí hacerlo, justo al final, como ocurren las cursilerías en las películas, los arrepentimientos que llevan a los protagonistas a tener un último gesto de humanidad. Al final, como el junkie que despierta y ve a Ewan Mc Gregor llevándose el dinero y decide hacer silencio para dejarlo escapar, opté por cerrar bien el capítulo de Robert. Para olvidarlo tenía que despedirlo bien, y eso sólo lo haría luego de mentirle a Nelly.

Solo la había visto en persona un par de veces, en fotos, cientos. Robert se había bajado todas las imágenes de todos los álbumes de Nelly. Nunca he sido un fetichista de nalgas, así que la primera vez que la vi, cuando detallé el trasero que tanto perturbaba a Robert, noté que sí, era un buen culo, pero tampoco lo suficientemente bueno como para volverse loco. Las mujeres por las que me vuelvo loco tienen algo que las hace únicas, no son sus tetas, ni sus culos, ni sus cucas. Es algo más. Un detalle único, algo qué, cuando despierte a su lado, me resulte distinto en el recuerdo de la anterior. Paty, por ejemplo, tenía un tatuaje en el hombro izquierdo. Cuando la besé, tras las rejas, sólo pensaba en lamerle el tattoo, lástima que desperdicié la oportunidad que tuve de hacerlo.



Nelly accedió a recibirme luego de muchas llamadas, no quería saber nada de Robert. Yo la convencí de que la dejaría tranquila si hablaba conmigo, sólo una vez.

Ya había pasado un mes, y los periódicos habían hecho de Robert un monstruo. Archivo Criminal, en su versión internacional, le había dedicado un capítulo, llamándolo El Asesino del Facebook. Publicaban reportajes predestinados a ocasionar un “¡ave maría purísima!” en quienes los leyeran. En la otra computadora, la que no me robé, encontraron el respaldo de las fotos que estaban en la portátil. Con eso, le inventaron un expediente de pedófilo. El crimen en sí, fue olvidado. La prensa se concentró en su supuesta pedofilia y empezaron a publicarse moralinas contra el “uso indebido de Internet, por parte de niños, niñas y adolescentes”.

Era perfecto: chico insensible de clase media-alta asesina a un joven por dañarle un aparato de videojuegos. Los chavistas podían regodearse en condenas al consumismo insensibilizador, y los opositores hacer letanías sobre la inseguridad. Mala suerte para Robert, le tocó asesinar en el momento impreciso, en la mala hora de la demagogia desatada.

Los 30 días de flagelo público hicieron efecto en Nelly, pensé apenas me abrió la puerta de su casa de bloques. No le acepté el café que me ofreció, tampoco los ponqués, sólo me senté a su lado para exponerle la excusa de mi amigo. Pero ella no me dejó, apenas se sentó en el sofá, hizo posición de Buda, y al hacerlo, dejó caer sus cholas y quedó con los pies desnudos, a tan solo centímetros de mis manos.

El fucking Robert tenía razón. Es cierto. Esta tipa es perfecta, tiene el culo perfecto y los pies perfectos.

Robert es un asesino y tú deberías dejar de llorar por ese güevón, le dije cuando deduje que no me perdonaría a mi mismo irme de esa casa sin intentar algo con ella. Nelly asintió y me explicó que su dolor no era de despecho, o quizás sí, un poco, pero que lo doloroso era qué Robert era el elegido. Mira, me dijo, yo nunca le di cuca a nadie, no porque quiera llegar virgen al matrimonio ni nada parecido, sino porque quería dársela a alguien arrecho, y Robert era así. Esa noche estaba muy nerviosa, por eso no llegué temprano, me estaba armando de coraje para ir donde él y dársela, como se lo había prometido.

¡Increíble! Una foto con tristeza en blanco y negro uplodeada a Facebook, te hace arrecho. Y lo peor, es que Nelly tiene razón. Ser cool, arrecho, melancólico, malandro, tukki, rapero, roquero, vintage, nostálgico, inteligente, intelectual, bruto, vacío, profundo, technoboy, moderno, indiferente, punketo, es fácil, sólo hay que llenar un perfil, tomarse una foto, caletrearse dos o tres frases, saber donde están los emoticones correctos y ya está, somos lo que queremos.

El problema es que yo no estaba frente a mi computadora, sino frente a ella, frente a ella descalza, en Shorts, recién bañada, oliendo a crema con esencia de manzana, con los pezones resaltados por la franela de licra. Allí, en el sofá, debí sonar como lo que soy: un idiota. Pero qué importa, supongo que algún día nos cansaremos de tanta impostura virtual y volveremos a ser los idiotas que siempre fuimos.

El punto, es que sonando como un idiota, le dije: yo también soy arrecho, ¿sabes? Y le tomé el pie, ella sonrió y ladeo su cabeza hacia la izquierda, esperando el beso. Yo la besé y, rápidamente, sin trámites, y sin tener tiempo de fingir algún mood, simplemente, le quité el short, me abrí el cierre del pantalón para sacarme el güevo, la puse en cuatro paticas, y se lo metí...

Al día siguiente, me abrí una cuenta en Facebook.







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